| Todo comenzó una tarde
de calor en que habiendo salido del baño, fui hasta mi habitación
totalmente desnuda. Allí estaba hechado a los pies de mi cama Batuque,
el que se levantó presuroso para recibir mis caricias. Me senté
al borde el lecho y abriendo mis piernas lo atraje hacia mí para
acariciarle la cabeza. El can se colocó entre mis piernas como
oliendo mi cuerpo recién bañado. Avanzó y acercó
su hocico a mi concha recién rasurada totalmente, como suelo usarla
en verano. Olió y como parece que le agradó alguna aroma
particular, sacó la lengua y lamió los labios externos.
Me corrió como una
chispa de electricidad por todo el cuerpo. Abrí más las
piernas y las recogí hacia arriba ofreciéndole la concha
abierta de par en par. Pegó su boca y la lengua iba y venía
por sobre la concha. Sentí que si eso seguía me iba a acabar
enseguida. Me acomodé mejor para ver que hacía el perro
y el muy guacho más fuerte me lamía atraído por los
jugos que me comenzaban a brotar. Al ratito, pegué un grito y acabé
entera. El perro me miraba sin comprender (¿o comprendía?).
Quedé rendida por el polvo que acababa de largar y fui al baño
a lavarme la concha en el bidé. ¡Estaba desconcertada!, ni
el machito de turno me la había chupado de esa forma. Todavía
percibía el roce de esa lengua áspera por sobre mi concha
y prontamente tuve ganas de probarla. Regresé al dormitorio y allí
estaba el perro como aguardando una segunda vuelta. ¡Me había
calentado!
Así, desnuda y con ganas nuevamente, me senté al borde de
la cama y abriendo mis piernas de par en par aguardé la reacción
del can. Se levantó y se vino derecho "al bocado". Olió,
sacó la lengua y empezó a lamerme los labios. Con
mis dedos abrí bien la concha y esa lengua se adentró haciéndome
arquear del gusto. Jadeaba con esa chupada y me estaba entrando la loca
idea de hacerle la paja, pues notaba que la pija se le estaba hinchando.
Pero, ¿cómo me movería sin dejar de recibir la chupada?.
Me paré de golpe y me eché al suelo boca arriba. Puse mis
talones sobre la cama y así abierta de piernas me dejé lamer.
Corrí la piel de la pija hacia atrás, para no causarle dolor
y dejé al descubierto un enorme glande rojo y húmedo. Lo
comencé a masturbar lentamente y eso pareció gustarle pues
inició los movimientos del coito. Me animé a algo más
y con la otra mano le sobé los huevos. Emitió una especie
de gemido y gruñido suave, pero ahora ya le había tomado
el tiempo. Me chupaba la concha y yo le hacía la paja. Cuando quise
acordar jadeó más rápidamente y arqueando sus ancas
me llenó la mano de leche y algunos chorros me pegaron en la cara
ya que estaba demasiado cerca. Era una leche medio amarillenta. Con la
punta del dedo la probé y era muy agria. Lo dejé reposar
mientras yo me enderecé y nuevamente me encaminé hacia el
baño, pero esta vez me di otra ducha pues estaba bañada
en sudor y en la concha seguro que habría olor a perro. No hubo
nada en días siguientes, pero acuciada por el deseo y no habiendo
cogido ese fin de semana, la calentura me comenzó a apurar y no
deseaba hacerme la paja teniendo a Batuque a mi disposición. En
cuanto mis padres salieron para sus trabajos vespertinos, me desnudé
por completo, corrí al baño y por la ventana llamé
al perro, que llegó unos instantes después. Entró
con toda confianza. En tanto, yo había extendido un gran toallón
sobre el piso. Me acosté boca arriba y con piernas abiertas recibí
sus primeras lamidas. ¡Le había entrado a gustar! Cuando
lo tuve caliente, dejé descubierta la pija que ahora estaba redura.
Lo masturbaba lentamente para ver sus reacciones que se materializaban
en
una pija colorada, botonuda y cada vez más dura y larga. Me puse
debajo de él y arqueando (cuanto me fue posible) las caderas coloqué
mi concha contra esa pija canina y comencé a restregarla de atrás
hacia delante. Más levantaba mis caderas, más excitante
me resultaba la frotación. Ahora el perro tenía jugos en
la punta del glande. Eran ambarinos, casi color miel y funcionaban como
lubricantes pues cuando quise acordar, el can con sus acompasados movimientos
de ida y vuelta, en un momento me ensartó. ¡Quedé
como petrificada!. El perro me estaba por coger y yo no atinaba a negarme
y
disparar del baño. Al contrario. Levanté aún más
las caderas y la hinchada verga se enterró hasta la mitad en mi
juvenil concha y comenzó la cogida: el perro empujaba hacia abajo
y yo hacia arriba en una cadencia endiablada, libidinosa, harto
elocuente de la locura que me dominaba en esos instantes. Sentí
como una punzada en el interior cuando la entró toda y sus peludas
bolas chocaron contra los labios mayores. Estaba clavada "hasta los
pelos" como decimos vulgarmente, y no precisamente por un tipo, sino
por mi propio perro. En ese momento me sentí la más puta
de la tierra, ¡pero carajo cómo gozaba!. Fueron unos minutos
de gloria. Me sentía invadida por esa pija fenomenal y deseaba
que el perro no fuera a acabar nunca, pero cuando noté que se comenzaba
a agitar, presentí que le venía la chorreada y le escapé
al bulto. Bajé de golpe la concha y el perro quedó culeando
en el aire mientras comencé a percibir algo caliente que caía
sobre mi entrepierna. ¡Estaba
acabando a chorros cortos pero firmes! Cuando terminó, me retiré
debajo de Batuque y me miré: estaba chorreada de
leche canina desde la concha hasta el bajo vientre. Le di un beso en la
cabeza y fui al baño donde la ducha quitó todo resto del
semen animal. Con la cánula duchadora me higienicé correctamente
la concha por fuera y por dentro, ¡no fuera a pescarme algo! Cuando
se me pasó la calentura reflexioné sobre lo hecho y me pareció
que estaba enloqueciendo. ¡Coger con mi perro! Habiendo tantas pinchilas
en la calle y listas para darte un polvo espectacular. No, ciertamente
debía estar
perdiendo el sano juicio, por lo que dejé todo a un lado y por
muchos días ni asomo de jugar con Batuque, pero la carne es la
carne y reincidí varias veces hasta que me llegó el momento
de probar por el ojete: fue sencillamente doloroso, pero de la forma en
se comportó Batuque, puedo decir que fue alucinante. Me hizo trapo
el orto, en particular cuando me enterró
el glande y para mal de males, se le hinchó la verga adentro y
costó desengancharme. ¡Menos mal que estaba bien lubricada!,
sino, ya me veía con el perro a remolque por toda la casa y colgando
de mi culo. La cosa es que ahí estaba clavada por el culo hasta
las bolas y entonces sentí como largaba el escupitajo de leche
y me dejó repleto el recto. Acabé como una diabla cuando
sentí esa leche canina en mis entrañas y la mantuve enculada
hasta que se le desinflamó y pude desacoplarme. Quedé mareada
del polvazo. Batuque me miraba como diciendo "no te hice nada".
¡Y vaya si me había hecho! Por otros días me mantuve
quieta, haciéndome la paja con los dedos metidos en la concha o
en el culo según tuviera deseos. Fue por unos pocos días
más, pues mi hermano cayó a casa con un hermoso ejemplar
de gran danés de más o menos un año de edad. En la
primera oportunidad en que lo tuve a mano le toqué la verga y casi
me caigo de culo:
¡era un pinchilón enorme!, casi como el un hombre adulto.
Lo masturbé y enseguida la sacó entera. Medía no
menos de 14 centímetros de largo por unos tres de grueso coronada
con un precioso botón rojizo y puntiagudo. Se me despertó
el indio y me propuse hacerme coger con este perro. Lo masturbé
hasta tenerlo bien alzado, me desnudé en un periquete y me
acomodé para que me la mandara por el culo. El perro como adivinando
mis intenciones, se puso a coger en el aire mientras me lubricaba el orto.
Cuando lo tuve listo, tomé esa verga por el medio y me la ubiqué
en la puerta del culo. En uno de esos meneos del perro me la ensartó,
ahogué un quejido y me dejé llevar por esos movimientos
animales que tanto me había
hecho gustar Batuque y que ahora volvía a experimentar con este
perro nuevo. Lo mantenía sobre mis espaldas que cubrí con
la almohada para que no me arañara con sus uñas, y el perro
no dejaba de culearme y hacerme gemir del gozo. Me clavó hasta
el final y cogía como si fuera un humano. Yo jadeaba y me quejaba
y más que culeaba. De pronto se aferró con sus patas y me
dio bien rápido unos instantes y sentí que el culo se me
llenaba de leche. Acabó mucho más que un hombre aunque esta
vez no hubo abotonamiento y se deslechó por completo en mi recto
tan trajinado. La sacó de un golpe y me dejó vacía.
"Flop" hizo el culo cuando salió. Me enderecé
y corrí al baño dejando al perro pensando (si es que los
perros
piensan) en vaya a saber qué. En el inodoro y pujando fui desalojando
la lechada de mi culo. Cuando salió toda y mientras me lavaba en
el bidé, me toqué la puerta y noté que estaba muy
abierta. ¡Con semejante pija!
he ingresado al mundo de la zoofilia donde sé que muchas minas
se hacen coger por caballos. No sé si lo haría pues he visto
que las pijas de los equinos son gruesas y muy largas, pero ahora me las
arreglo y gozo con la de los dos perros de casa
solo chicas a: lorena_lorena91@hotmail.com
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