| Por estas latitudes, un poco
hacia el sur de la línea de Capricornio, las Fiestas de fin de
año son decididamente calurosas. Nada de copos de nieve ni patinar
en lagos helados. Nada de Navidades blancas. ¡Calidez atmosférica
y de la otra, señores!
Lo que SI es igual, sea en New York, París o Madrid, por gracia
de la bendita globalización, es el desquiciamiento de la gente
por comprar y, por ende, la aglomeración de personas en los centros
comerciales. Los días previos a la Navidad, un caos.
Y allí me encontraba yo, en un Centro comercial atestado de personas
que se entrecruzaban con bolsas de compras, apuradas, atolondradas, atropelladas
como ganado en un corral apretado. En medio del gentío, yo con
mi presencia de mariquita ultra afeminada, ultra mujer, tan inadvertida
como un globo aerostático multicolor en una catedral, moviendo
el culo al caminar y mirando esto y lo otro con cara de nena tontuela
al estilo Marilyn... Tengo un cuerpo delgado, muy espigado que sugiere
formas estilizadas de top model de alta pasarela. Ropa ajustada, un culito
de lo más femenino y unas tetitas en forma de conitos como duraznos
turgentes. ¡Imagínense tamaño putito!
Y hete aquí, que de golpe, y al descuido, levanto la cara de una
mesa de saldos y me encuentro con la mirada sonriente y ultra bonachona
de un papuchote mayor, que aún sin disfraz era el vivo retrato
del modelo convencional de Papá Nöel. Sus ojos celestes, de
abuelote regalòn, rubicundo, panzón, los cabellos muy cortos
y ensortijados de un agradable color caramelo rubio, casi pelirrojo. Igual
su barba corta y bien arreglada. No, no, que sólo le faltaba el
traje rojo y los detalles de visón blanco para serlo.
Nadie más perfecto para caracterizar a Papá Nöel; pero
nada que ver. Era solamente un señor como los miles que andaba
de compras. ¿Cuánto tiempo me miraba hasta que advertí
sus ojos clavados en mi putísima persona?
No importa eso. Importa el que me mirara a mí, derecho a mis ojos
con aquella sonrisa significativa. No demos rodeos: uno se da cuenta cuando
alguien nos mira con deseo sexual ¿o no? Pues este tenía
esa expresión inequívoca y muy intensa, por cierto.
Le hice un ademán de duquesa, ladeando la cabeza con una sonrisa
dulcísima como para decirle: “¡Hola, vamos sigue adelante!”
Pero como no soy una mariquita regalada y tengo mi dignidad de “señora”,
me hice la desentendida y entre mirar esto y lo otro, me lancé
andando lentamente a la zona de los toilletes.
Me puse innecesariamente a lavarme las manos, con toda parsimonia y ¿que
creen? Al minuto, allí estaba mi abuelote, mi Papá Nöel,
a mis espaldas. El espejo delató su entrada sin necesidad de darme
vuelta. Se me acercó por detrás, lógico. Me dijo
“¡Hola!” y yo le respondí “¡Hola!”
del modo más afeminado posible... El papuchote se puso serio, como
si dudara en lanzarse, pero lo hizo:
—¿Estás sin compañía? —me preguntó.
—¡Y, ya lo ve! —suspiré más que dije.
—Pero no querés seguir sin compañía ¿o
sí?
—¡Y no! Estas Fiestas sin nadie que te acompañe...
—respondí exagerando el tono de melodrama barato.
—¿Entonces ni acá ni afuera tenés a alguien
que te dé los gustos?
—No.
—Imposible que no tengas pareja.
—Es verdad, no tengo a nadie...
—Pues... me alegro. Sos tan... me gustaste mucho —se lanzó
el abuelo.
Y se lanzó en serio porque una mano enorme se apoderó de
mis nalgas y los dedazos recorrieron a gusto sus formas.
—Quiero esta colita. Estoy en celo como un toro —me dijo el
abuelo regordete, el Papá Nöel de las ilustraciones de los
viejos libros infantiles y de las viejas tarjetas navideñas...
Nadie más en el toillete, y me arriesgué a, sin darme vuelta,
atrapar con mi mano buscona la entrepierna del papuchón. Y me encontré
un paquetazo que me sorprendió gratamente y percibí el inicio
de una erección urgente... me estremecí y me recorrió
un escalofrío y luego una calorada fatal. Me conozco: soy un putito
muy, pero muy vicioso y esos eran los síntomas del “quiero
esa pija yaaaaaaa, con urgencia!!!. No me puedo resistir a una pija ofrecida
de tan buenas maneras...
Pero me contuve y le dije con calma, que no sé de dónde
saqué:
—Y yo quiero jugar con este regalote que guarda este paquetazo.
A él se le iluminó del todo la cara, se puso feliz como
un niño. Y a mí me cautivaba, además de su interesante
paquete, aquella mirada de grandote buenote. No sé, no es solo
sexo, es la dulzura con que se lo acompaña lo que me arrebata.
Me gustan los hombres grandotes pero buenos y tiernos. Son tan difíciles
de encontrar...
El hombre era muy corpulento, vestía una camisa y pantalones sport.
El género de su pantalón era delgado y la erección
era evidente a un kilómetro.
—¡Calma, calma! Acá nada. Y además tengo una
fantasía con Ud. —le dije pícaramente.
—¿Cuál?
—Quiero que me coja bien Papá Nöel y Ud. es su vivo
retrato.
El se rió con una ternura que me derretí del todo.
—¡Y tengo en mi casa un traje...! ¿Lo podrás
creer? ¿Vamos allá?
—No. —me hice la mariquita bruja —nos vamos a un hotel
alojamiento.
—¿No confias en mí? Vivo solo, soy viudo y mis hijos
son independientes.
Hice una cara de duda y él se apuró:
—Está bien está bien, como quieras. Lo haremos en
un hotel alojamiento y después cuando consiga tu confianza será
en mi casa. ¿Eh? Pero aceptás que vayamos con mi coche?
—Sí. —contesté.
Y bajamos a la cochera. Mi Papá Nöel no tenía un trineo
con renos, pero sí un coche nuevo y de los caros, muy bonito.
¿Les abrevio la historia?
Mientras viajabamos en el auto, le aclaré firmemente:
—En la cama soy pasivo, vale como si estuvieras con una mujer convencional.
—Es lo que quiero, me gustan las nenas en cuerpo de chicos como
vos. Siempre me excitaron mucho, más que las mujeres como vos decís
“convencionales”.
—Pues, me alegro inmensamente. No quiero que esperes que te haga
cosas que...
—No, me expliques, entiendo bien. No quiero una pija en mi culo
ni chuparme una, soy totalmente macho activo, quiero que me la chupen
bien y cogerme un culito delicado como el tuyo.
Sentí que entraba en ebullición, me lo comería a
besos y por eso le dije:
—Obviemos lo del hotel alojamiento. Lo hacemos en tu casa.
Pasamos a su casa, regio piso en una zona exclusiva. Y yo, mariquita pobre
en mi departamento sencillo, pero como buen departamento de afeminado,
coqueto y lleno de detalles de buen gusto, entendí que aquél
era un hombre sin malas intenciones, más bien yo podía constituirle
un “compromiso”. Pero cuestiones materiales no nos interesaban
definitivamente...
Armamos la “fiesta Navideña”. El pasó a su cuarto
y al cabo del tiempo correspondiente, apareció caracterizado y
casi me infarto. Mi real “Papá Nöel, ¡mi fantasía
hecha realidad!
La argollita se me electrizó de deseo, se me hinchó y sentí
una calorada húmeda. Eso significa que estoy al máximo de
la excitación. Mis ojos buscaron su entrepierna y allí seguía
el paquetazo: una comba que levantaba el pantalón de Papá
Nöel, por denajo de su panza notable.
Se incorporé del sofá y me arrojé a sus brazos como
una nena inocente, perecto modelo de las “niñas buenas”
de Louisa Alcott de los libros viejos. El era aun más alto que
yo, que mido uno setenta y cinco, quizá alcanzara el metro noventa.
¡Mi dulce Papá Nöel! El me sostuvo en un abrazo no menos
tierno y dulce y estalló su pasión cuando buscó mi
boca y me devoró. La disfruté con los ojos cerrados, entregándome
por completo. ¡Placer, placer! Mis manos jugaban con caricias en
esa espalda inmensa de gigante, adoro las espaldas anchas de los hombres,
me hacen entrar en mayor excitación.
Enseguida, sin poder soportarlo más, me apoderé del paquete,
de “mi regalo”. La erección era completa y presionaba
el género como para hacer estallar las costuras. Decidí
liberar esa pija urgida de placer. Me arrodillé y empecé
la tarea que más adoro hacer: desprender la bragueta de los hombres.
Lo hago despacio, aunque me esté muriendo de deseos y me retuerza
toda por no poder contenerme ya...
Tenía cremallera, la bajé despacio. Descubrí el blanco
de unos boxer amplios. Mis dedos expertos hurgaron, hallaron el agujero
y con la ayuda de un dedo ayudé a saltar, mejor dicho, a desbordar
fuera, esa masa latiente y caliente. Una pija monumental, como a mí
me enloquecen: medianamente larga, pero muy gruesa, carnosa, sedosa, de
esas que el bálano queda al descubierto sin ayuda y está
roja de congestión y fiebre sexual. La pija latía de deseo.
Tenía una forma un poco curva y pese a la erección caía
con el peso de su volumen.
Pero hay un detalle más: no soporto un minuto sino “descubro”
los huevos, todo hace al conjunto para mí. Y estos eran huevos
de toro. Entonces él tenía razón y podía decir
como dijo que “estaba en celo como un toro”.
Jugué con aquella verga de sueño de todos los modos: besos,
lengüetazos, chupones suaves y más intensos. Me lo introduje
todo entero. ¡Y ese aroma a masculinidad! Es algo que completa por
embriagarme y dejarme en éxtasis de calentura como una perra en
celo. Me transfiguro, enloquezco de placer. Mi rosquita pedía a
gritos ser penetrada...
Y mi “Papá Nöel” pareció adivinar mi deseo.
—¿Me entregás tu colita? —me rogó con
un tonito de ternura y ruego.
—¡Sí, papito! Es para vos...
Como es mi costumbre y no hay concesión en eso: cuando me encamo,
no me desvisto del todo. Digamos que descubro SOLO lo que ofrezco a mi
macho, ciertas partes se quedan “ocultas”. Cola, tetitas al
aire, para ser disfrutadas, otras “regiones corporales” no.
Papá Nöel aceptó mis condiciones. De no haberlo hecho,
allí se quedaría con la pija dura a medio chupar, y los
huevos al aire y yo, aunque muerta de ganas, saldría sin más
a la calle. Conmigo no hay concesión, bien lo repito.
Y se vino una maratón de disfrute para mi culito sediento. Estaba
mi rosquita tan congestionada y caliente que se desbordaba como una rosca
de levadura, el esfínter dilatado y latiente. Solo le apliqué
un poco de saliva para lubricarlo más y ¡voilá!
Me llevó entre besos desesperados, alzándome finalmente
hasta su alcoba de viudo ardoroso. La enorme y mullidísima cama
me recibió de espaldas.
—¿Cuantos años tiene mi Papá Nöel? —alcancé
a preguntarle.
—Sesenta y cuatro.
Adorable semental, macho maduro, porque muero por los hombres mayores...
El me elevó las piernas, observó dos segundos mi colita
abierta, supongo que al verla depilada y la argollita hinchada y rojita,
se transfiguró y en un arrebato, se lanzó a comérmela
con besos y su lengua me hizo gemir, gemir y dejarme sin fuerzas...
—¡Basta, basta! —Le repetía con lo que me quedaba
de fuerza para hablar.
El se sació y con la misma mirada de enajenado de deseo, más
arrebatado aún, se incorporó, levantó mis caderas
en un movimiento experto, se puso de rodillas y al segundo, la enorme
y roja cabezota de su verga tomó contacto con mi argollita. Fue
un choque eléctrico, me sacudió un repeluzno de deseo, la
sentí ingresar a mi cuerpo, despacio, despacio, apenas un dolorcito
delicioso hasta que hizo tope y sentí los pesados testículos
rozando mi “huesito dulce”.
El gimió de placer. Cerró los ojos, arqueó la espalda,
respiró hondo. Yo supongo que la calentura era tan grande que sintió
que el roce de la penetración lo haría eyacular y él
deseaba mantener el placer por mucho rato.
Pero comenzó finalmente el embate de su macizo cuerpo de oso. La
pija entraba y salía de mi cuerpo y yo sentía el cielo en
mis entrañas.
Y las tandas de besos y las palabras de alta estimulación sexual
que sabía decirme y ese afán por verme gozar primero a mí,
me halagaron tanto que pensé que moriría de placer...
Aumentó el bombeo. Su pija se adaptaba a mi culo tan perfectamente
que era imposible pedir mayor armonía y complementariedad. ¡Gracias
a Dios que nuestros culitos provocan tanto placer en los hombres!
No quiso cambiar de postura. Gemía, gruñía, me devoraba
la boca, y los pezones, me cubría esa masa pesada y cálida.
Me embriagaba su olor de macho maduro...
Se tomó su buen tiempo cogiéndome con moderada velocidad,
sabía lo que hacía, así hasta verme entrar en una
especie de arrobamiento. Entonces empezó a acelerar su bombeo,
más, más, hasta que empecé a contonearme como una
serpiente tratando de huir, de pedir ¡basta! y no podía articular
palabra, moría, moría...
El llegó al máximo y yo no sentía más mi cuerpo,
flotaba. Pero cuando empezó a eyacular toda aquella leche, el éxtasis
de placer aún subió un peldaño más.
Era un maestro amante. Cuando se venía, sacó de mi interior
su verga y solo apoyó, apenas rozando su bálano en el borde
de mi dilatado esfínter. Sus dos primeros chorros de semen caliente
los descargó allí, diría en la “entrada”,
los sentí con delicia; pero en un golpe seco la volvió a
introducir toda entera y terminar entre espasmos y gemidos de agonía
su descarga. La leche que guardaba en esos testículos enormes era
casi insólita. Me hizo rebozar con aquel liquido viscoso, caliente
blanco perlado, que es néctar para mi culo sediento...
Yo supongo estuve unos segundos ausente en un desvanecimiento dulce y
cercano al Nirvana. No recuerdo bien hasta que tomé conciencia
y me sentí entre sus brazos, acostados frente a frente y su verga
aun metida en mi cuerpo. No nos queríamos despegar.
Me colmó de caricias, de halagos, de mimos. Nadie me trató
con semejante dulzura y consideración. Tampoco nadie fue tan considerado
con mis “condiciones” y tan experto amante. Mi Papá
Nöel.
Descansamos algo y repetimos varias sesiones de sexo hasta quedar tan
saciados que solo queríamos quedarnos en la cama abrazados y acariciándonos.
Entre tanto, me decía para mis adentros, una y otra vez: ¡Dios,
cogí con Papá Nöel y no es un sueño! ¡Papá
Nöel existe y es mío, mío!
Lisy Le Trôle
lisy55@yahoo.com.ar
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