| Empezaré diciendo que
me llamo Ana y lo que cuento no es ficción sino parte de mi propia
vida. Tengo 27 años. No soy una belleza, al menos no me considero
tal, pero tengo una cara y un cuerpo que aún provocan miradas,
silbidos y hasta palabras más o menos obscenas cuando voy sola
por la calle. Mido 1,75. Tengo una cara ovalada pero no demasiado. Mis
ojos son grandes, almendrados y de color castaño claro, igual que
mi pelo. Mi piel es de color miel es color miel, ni demasiado clara ni
oscura y se pone color bronce cuando tomo el sol. Peso entre 56-57 kg.
Tengo unos pechos no inmensos pero quizás sí un poco grandes
para mis medidas lo que me trajo problemas ya desde pequeña porque
eran el centro de atención de casi todo el mundo. Mi trasero es
casi perfecto, de forma de media naranja perfecta. Quizás, con
los pechos, lo que más llama la atención de la gente son
mis piernas y muslos que, aunque no demasiado largas por mi estatura,
sí están perfectamente torneados y los muslos son duros,
llenos y rotundos. Me olvidaba: mi nariz es pequeña y clásica,
mis labios muy llenos y sensuales. Lo que voy a empezar a contar se remonta
a hace unos 15 años.
Por razones lógicas he cambiado los nombres de las personas pues
la mayoría, sino todas, aún viven y no es mi intención
descubrir la vida privada ni la intimidad de nadie. Desde muy pequeñita
–seis, siete años noté que mi sensualidad y sexualidad
estaba muy desarrollada para mi edad. Hasta el punto que sorprendía
a mis amigas y amigos. En una
palabra:era demasiado precoz. . Esto me llevó a que, ya desde entonces,
me gustasen los contactos aunque fueran accidentales con mis amigas y
amigos y, sobre todo, los "toqueteos" intencionales con mis
amigas e, incluso, con algunos niños de nuestra edad. En esos años
y hasta los 10, llegué a hacer exploraciones "más profundas"
de nuestros cuerpos con quienes eran mis amigas más "íntimas"
y aprendí a masturbarme teniendo desde esa edad consiguiendo satisfacciones
que me resultaban muy agradables trasladandome a otro mundo y que llegué
a practicar mutuamente con algunas amigas de mi edad que también
habían descubierto ese maravilloso mundo. Recuerdo mis dos experiencias
más profundas en éste sentido y las circunstancias en que
se produjeron. La primera vez fue cuando vino a jugar a casa como otras
tantas veces una amiga
llamada Dolores, Lolita para todo. Era por la tarde y mis hermanos pequeños
estaban connosotras. Después de cansarnos y hasta de aburrirnos
de jugar a las cincuenta cosas de siempre decidimos jugar a "papás
y mamás". Lolita y yo seríamos los "papás"
y mis hermanos pe queños nuestros hijos. Estábamos en una
salita de estar que empleábamos para jugar. Escogimos un sofá
como cama y buscamos algo con que taparnos "mientras dormíamos".
La niñera que cuidaba de nosotros –más bien de mis
hermanos al ver lo pacíficos que estábamos nos facilitó
encantada una vieja manta. Bajamos las persianas parcialmente, dejando
la salita en media penumbra. Lolita y yo nos acostamos bajo la manta y
lo que no recuerdo fue que se sucedióponía que tenían
que hacer "nuestros hijos". Hasta ahí creo que que lo
habíamos hecho todo inocentemente. Pero la cosa cambio cuando nos
encontramos muy juntas, en penumbra y tapadas por la manta. No recuerdo
si nos habíamos quitado las falditas para simular mejor que era
la noche o que estas eran muy cortas. El caso es que como el sofá
no era demasiado ancho nuestras piernas y muslos quedaron en contacto
íntimo y nuestros cuerpos muy juntos. Lolita y yo ya habíamos"jugado"a
investigar en nuestros cuerpos pero nunca habíamos sentido tan
cerca e íntimamente el calor de
nuestros cuerpos. Sé que a los pocos minutos empemos a sentirnos
muy a gusto las dos. Tanto que se acercó uno de nuestros"hijos"
a decir algo y las dos al unísono le contestamos que más
tarde porque "ahora" estábamos durmiendo.
Y fingiéndonos dormidas, empezamos a acariciarnos primero los muslos,
luego el lugar dónde empezaban a notarse los bultitos que más
tarde serían nuestros pechos, dándonos ligeros besos en
la boca amparadas y protegidas por la penumbra, para terminar buscando
nuestras vaginas, muy húmedas pese a nuestra juventud, y terminar
masturbándonos mutuamente. Es ta maravillosa sensación de
estar en otro mundo la rompió bruscamente uno de mis herma nos
que, quizás debido a la penumbra, tropezó con algo, se cayó
y empezó a llorar y sangrar por la nariz. . La chica que nos cuidaba
terminó nuestro "sueño" levantando las persianas
para atender a mi hermano. Y ahí se terminó la magia de
aquella tarde aunque a Lolita y a mi nunca se nos olvidó. La otra
ocasión fue recién cumplidos los diez años. Una tarde
un matrimonio muy amigo de mis padres vinieron de visita con su hija Lucía,
que era más o menos de mi edad y, a diferen cia de mi, muy morena,
con preciosos ojos negros. Estaba tan desarrollada como yo aunque era
un poquito mas pequeña. Éramos amigas pero no muy íntimas
porque íbamos a diferentes colegios y nos veíamos con poca
frecuencia.Pasamos la tarde juntas, jugando, hablando y escuchando música.
Al empezar a anochecer, cuando sus padres estaban preparándose
pa ra regresar a su casa, les llamaron por teléfono para avisarles
de que el padre o la madre de uno de ellos –no recuerdo exactamente
había sufrido un ataque de corazón y estaba ingresado en
un hospital. Su intención era ir inmediatamente pero surgió
el problema de Lucía: tenían que llevarla antes a casa.
Surgió mi madre salvadora y les dijo que por que no dejaban que
Lucía se quedase a dormir en casa y añadió: "Ana
tiene una habitación solo para ella y una cama muy grande".A
los padres les pareció bien y ellos y mi madre le pregunta ron
a Lucía si ella quería quedarse. Dijo que sí y sus
padres se fueron. Al cano de un rato ce namos y poco después mi
madre acompañó a Lucía a mi habitación. Yo
la seguía. Al llegar a mi cuarto mi madre le dio a Lucía
a
elegir entre mis prendas de noche. Yo, salvo que hiciese mucho frío,
me gustaba dormir en una camisones muy ligeros y cortos, por encima de
la ro dilla. Ella, como éramos de las mismas medidas, optó
por un camisón como los que yo usaba. Mi madre la ayudó
a desnudarse –yo noté que ella tenía algo de pudor
al verse desnuda ante dos personas extrañas pero rápidamente
se puso el camisón. En ese breve espacio de tiempo pude ver que
tenía un perfecto cuerpecito con un culito redondeado y perfecto.
Cuando terminó de ponerse el camisón mi madre le enseñó
y la acompañó al baño más cercano que, realmente,
estaba al lado de la puerta de mi habitación. Cuando ella regresó
fui yo la que me dirigí allí. Me lavé los dientes
y oriné pero, por alguna razón del subconsciente, después
me lavé aquella zona pues no quería oler la orín.
Volví a mi habitación y me encontré Lucía
sen tada en el borde de mi cama hablando con mi madre. Mi madre se despidió
de nosotras y nos deseó que pasásemos una buena noche. Cuando
cerró la puerta Lucía me preguntó muy educadamente
que lado de la cama prefería. Yo le dije que solía dormir
a la derecha, donde te nía una pequeña librería al
alcance de la mano y una radio.Ella me dijo que mejor así pues
ella quedaba más cerca de la puerta por si necesitaba ir al baño
durante la noche. Nos metimos en la cama y, primero con la luz encendida
y luego con ella apagada, seguimos hablan do y contándonos cosas.
Las normales: los chicos que nos gustaban, los que nos hacían caso,
las compañeras a las que envidiábamos por guapas o desarrolladas
y. . . cosas así. Al cabo de un rato le dije que estaba cansada
y que iba a intentar dormir. Nos quedamos en silencio las dos. Yo no tenía
sueño en absoluto. Lo que sí tenía era el cuerpo
de Lucía desnudo grabado en mi retina y en mi mente. Empecé
a hacerme la dormida haciendo, poco a poco, que mi res piración
fuese más espaciada, lenta y profunda, mientras pensaba cómo
acercarme a ella físicamente pues desconocía cuál
podía ser su reacción. Decidí intentar algo inocente.
Lenta mente y sin que ella lo notase, me subí el camisón
hasta dejar mis muslos al descubierto.Después de un rato, cuando
yo ya "dormía profundamente" mientras que notaba que
ella se guía despierta, quizás porque extrañase la
casa y la cama, hice un movimiento "involuntario"en mi sueño,
moviendo mi pierna y muslos izquierdo para dejarlos pegados al suyo derecho.
Esperé pacientemente a ver cual era su reacción. No hubo
ninguna. Yo, imperceptiblemente, apreté un poquito más mi
muslo y me quedé inmóvil, como si durmie se profundamente.
Al cabo de unos minutos sentí que ella introducía su mano
entre su muslo y el mío, como intentando separarme. Lo empujó
ligeramente y yo respondía separándome uno o dos centímetros.
Mi sorpresa fue cuando noté que lo que quería era levantarse
el camisón hasta su estómago como yo lo tenía y que
mi presión le impedía hacerlo pues se lo sujetaba entre
ambos muslos. Y aún fue mayor cuando noté que ahora era
ella la que volvía a buscar el contacto con mi pierna. Puede sentir
toda su suave y cálida piel en contacto con la mía. Suspiré
en sueños profundamente y empecé a excitarme más
de lo que ya lo estaba pe ro seguì fingiéndome dormida.
Y esperé pacientemente. Al cabo de pocos minutos noté que
su cuerpo, aunque muy quedamente, se movía rítmicamente
y con él, el colchón. No tuve que pensar mucho para saber
qué estaba sucediendo. En ese momento hice como que me despertaba
bruscamente y le pregunté:
¿Qué te pasa, te encuentras mal?. Mi dijo muy cortada "No,
no, estoy bien". Dejando ya toda simulación crucé mi
brazo derecho por encima de mi cuer po y buscar su mano donde creía
que se encontraba. No me había equivocado pues, por mie do a que
yo lo notase, ni había tenido tiempo a retirarla de su vagina.
Allí la encontré y pusé mi mano sobre la suya. Me
volví hacia ella, la besé en la mejilla y le pregunté:"¿Te
gusta ha cer "eso"?A mi mucho. ¿Me dejas que te ayude?"
Aunque seguíamos con la luz apagada, por el calor que empezó
a despedir su mejilla supe que se había sonrojado hasta la raiz
de su pelo con mi pregunta. La pobre Lucía no se atrevía
a articular palabra. Suavemente retiré su mano de
donde la tenía sustituyéndola por mis dedos y comencé
a acariciarle la zona púbica mientras la llenaba de besos en la
mejilla. Ella no sólo no se resistió sino que abría
sus pier nas para que yo trabajase más cómodamente. Entonces
busqué en
su interior su pequeño clí toris y empecé a acariciarlo
suavemente. Ella empezó a agitarse nuevamente al tiempo que buscó
con su mano la parte de mi de mi cuerpo que no estaba ya cubierta por
el camisón. Metió su mano pero siguió subiendo hasta
alcanzar mis pequeños pechos, empujando hacia arriba mi ya subida
prenda de dormir. Yo detuve lo que le estaba haciendo y busqué
también sus pechos que eran algo más pequeños que
los míos. Nuestros camisones estaban ya
enrollados casi en nuestros cuellos y nos re sultaban incómodos.
Ella encendió un segundo la lamparita de su mesa y con una sonrisa
en su boca me preguntó:"¿Por qué no nos los
quitamos?"Yo le dije que sí pero que los guar dásemos
cerca, debajo de las sábanas, para volver a ponérnoslos
y que no nos descubriesen por la mañana. Así lo hicimos
y volvimos a
apagar la luz. . Primero nos abrazamos fuertemen te y buscamos nuestras
bocas y su interior por primera vez. . Después, continuando los
besos, nos acariciamos mutuamente los pechos y cuando las dos estuvimos
más que excitadas, nos
masturbámos también mutuamente varias veces. De pronto,
cuando ya llevábamos un largo rato jugando con nuestros sexos,
oímos pasos en el pasillo. Rápidamente nos separamos tumbándonos
boca arriba y con las sábanas cubriéndonos hasta el
cuello. Oímos que la puerta se entreabría un poco dejando
entrar un poco de luz. Y oimos la voz de mi madre que le decía
a mi padre: "Fijate: duermen como dos angelitos". Cerraron la
puerta y cuando oímos que los pasos se alejaban, Lucía y
yo soltámos simultáneamente una pequeña carcajada.
Volvimos a nuestros juegos y, cuando notamos que empezaba a
invadiros el sueño, tomamos la precaución de volvernos a
poner los camisones. Dormimos profundamente hasta que por la mañana
entró mi madre para despertarnos para el desayuno. Se dirigió
especialmente a Lucía por su calidad de invitada para preguntarle
si había dormido bien. Ella contestó que sí, que
perfectamewnte. Mi madre añadió:"Es que parece que
tienes cara de cansada". Y Lu cía le contestó: "Es
que estoy tan bien que me gustaría quedarme en la cama media mañana".
Mi madre nos dejó para que nos aseásemos y vistiésemos.
En ese lapsoLucía me dijo si volveríamos a vernos. Yo le
dije que
seguramente. Pero por el cambio de colegios y cincuenta cosas más
pasaron muchos meses antes de que nos volviésemos a encontrar y,
para entonces, nuestras vidas habían cambiado mucho.
. . . . . . . . . .
Pero lo que determinó mis tendencias y gusto real fué lo
que viví entre los diez y trece años. Cuando tenía
diez suspendí en Junio un examen para iniciar el bachillerato.
Tenía que aprobar por obligación de mis padres en Septiembre
porque querían una niña e hija especial que fuese un año
adelantada con relación a las demás. Para ello contrataron
una profesora del
Instituto que había formado parte del Tribunal que me había
suspendido. La conocían por una amistad común. Con esos
antecedentes yo casi la odiaba antes de conocerla de cerca. Se llamaba
Mercedes. Me daría clases de lunes a viernes, de cuatro a cinco
de la tarde, entre mediados de Junio y mediados de Septiembre, que era
cuando yo tenía que examinarme otra vez. Ella tenía fama
de guapa entre los hombres y, también lo admitían las mujeres.
Yo, la verdad, entre los nervios del examen y que era uno de los miembros
del Tribunal no me había fijado demasiado. El primer día
que apareció por casa
pude comprobar que, efectivamente, era muy guapa. Tenía el pelo
castaño claro, su cara ovalada, clásica, con una nariz perfecta.
Sus ojos grandes también ovales almendrados, color miel oscura
y tenía un precioso tipo aunque yo no podría decir las medidas
porque, entonces, yo ni sabía lo que era eso en una mujer. . Era
de estatura alta para aquella época –1, 66 a 1, 68 y, de
cerca, resultaba resultaba realmente guapa y atractiva aunque yo solo
recordaba la cara seria y, para mi, odiosa que, detrás de la mesa
de un Tribunal de examen, no pestañeaba ni movía un músculo
de la ca ra. Tenía unos 26 a 28 años y fama de buena profesora
y lo era. Desde aquél primer día y, de acuerdo con mi madre,
eligieron para las clases una pequeña salita de estar que había
en el primer piso del chalecito en que vivíamos y, por tanto, alejadas
del ruido y bullicio que mis hermanos pequeños organizaban jugando
y gritando en el jardín. Nos presentaron formal mente y entramos
en la
salita, sentándonos una al lado de la otra en una mesa camilla.
Dimos una clase seria y formal. Cuando la tuve tan cerca, a mi lado, rozando
los muslos la miraba, casi de reojo y no sé si me enamoré
de ella pero lo que sentí era algo muy parecido. Para mí
era guapísima y muy dulce. Ya no tenía la cara de "póker"
del Tribunal y son reía con verdadera dulzura cada vez que me corregía
en algo. Por primera vez la veía como mujer y no como a una profesora.
Era verano e iba con ropa ligera. Su pecho me llamaba poderosamente la
atención me parecía precioso y me atraía como un
imán pues, sin ser excesivamente grande, casi se le salía
por encima del sostén y de la blusa. Pasó la hora de clase
y nos despedimos hasta el día siguiente. Y al día siguiente,
lo mismo. Y al otro y al otro. . . Pasaron así unas dos semanas.
Como el calor del verano aumentaba, cada día venía más
ligera de ropa quizás demasiado para aquella época con una
falda más corta que, al sentarse, me dejaba ver y disfrutar de
la mitad de unos hermosos muslos. Yo me volvía loca sólo
con verla y verlos y aprovechaba pa ra, debajo
del faldón dela mesa. camilla, subir más mi ya pequeña
faldita para dejar más parte de mis muslos en contacto con los
de ella. Mi instinto y mi deseo hacían que mi mano tendiese a posarse
sobre ellos, pero el miedo me lo impedía. Pues bien, cuando llevábamos
aproximadamente dos semanas y ya teníamos cierta confianza –me
había dicho que, en vez de
"señorita" la llamase Mercedes o Merche y que la tutease
sucedió que un día, cuando sólo faltaban quince minutos
para terminar la clase, se levantó y se dirigió a la puerta.
Yo creí que iba al baño, que estaba muy cerca, pero para
mi
sorpresa al llegar a ella, echó el cerrojo y volvió a sentarse
a mi lado. Cuando lo hubo hecho, me invitó a ponerme de pie
frente a ella, me miró de arriba abajo con una sonrisa, me levantó
la faldita, me bajó las braguitas y puso su mano sobre mi pequeña
vagina. Me la acarició dos o tres veces, de arriba abajo, por fuera,
con cariño y delicadeza mientras sonreía con dulzura. Luego
me dijo que sacase la punta de la lengua. Yo lo hice. Ella hizo lo mismo.
Me acercó a su boca y, nada más
que con la punta de la suya, rozó la mía dos o tres veces.
Después me subió las braguitas, colocó la faldita
en su sitio y sin explicación alguna miró el reloj, dijo
que ya era la hora, se despidió y. . . punto.
Y digo punto porque allí empezó mi tormento:me acosté
aquella noche físicamente sóla pero mentalmente con ella
a mi lado durante toda la noche. No sé las veces que acaricié
todas las partes y puntos de mi cuerpo que me producían placer.
No sé a que hora conseguí conciliar el sueño y, cuando
me dormí, fué con el deseo de que llegase la clase de las
4 de la tarde.
Llegó el siguiente día. Durante la mañana, a pesar
de que había ido a la playa con mis hermanos, mi madre y mis amigas,
el tiempo se me hizo eterno. No me apetecía ni acariciar a una
de mis amigas que era de mi "gremio". Volvimos a casa. Comimos.
Yo miraba el reloj a cada momento. Llegaron las 4 de la tarde. Y las 4
y media. Y las 5. Y Mercedes no apareció. Mi ansiedad se convirtió
en desilusión primero y en enfado después. En mi casa sólo
comentaron:
"¡Que raro que no haya venido Mercedes y que no haya avisado!".
El día siguiente fue igual o peor aún porque tampoco vino
ni llamó mi querida Mercedes. A la hora de cenar con mis padres
surgió el tema. Mi padre dijo: "Quizás está
mala, voy a llamarla". Y así lo hizo. Cogió el teléfono
y contestó su madre que dijo que, efectivamente, estaba enferma.
Su madre preguntó a mi padre si quería hablar con ella.
(Yo pensaba –no sin razón que las ausencias de Mercedes se
debían a que ella tenía miedo a que yo hubiese contado lo
sucedido entre nosotras). Mi padre dijo que sólo quería
saber si estaba enferma y que realmente quien quería hablar con
ella era yo. La madre dijo que
esperase un momento. Mi padre me pasó el teléfono. Mercedes
se puso y le pregunté que cómo estaba. Me dijo que mejor
(al ver que era yo, luego me lo confirmó, se desvanecieron sus
temores) y me dijo que si quería que podría venir ya al
día
siguiente a lo que yo contesté que sí, que por qué
no iba a venir. Al día siguiente, a las cuatro en punto, estaba
en casa. Pasamos a la salita. Empezamos la clase. Ella no hizo la menor
mención de lo sucedido hacía tres días. Yo me acerqué
a ella más que nunca y apoyé mis muslos contra los suyos
presionando como nunca lo había hecho. Pero todo sin resultado.
Ella
no se inmutó. Entonces yo, que ya no sabía de qué
iba la clase pues sólo podía pensar en ella, cuando solo
quedaban quince minutos para terminar, me levanté, fui a la puerta
y eché el cerrojo. Ella me preguntó como sorprendida:¿Qué
haces?. Yo, poniendo la cara más inocente que pude dije simplemente:"Como
el otro día". Volví hacia mi silla y ví que
ella me miraba entre incrédula y sorprendida. La expresión
le du ró segundos. Y luego me dijo. "Eres una niña
demasiado caliente. ¿Tu crees que no he notado desde el primer
día las miradas que me echabas y que no sentía tus muslos
rozarse con los míos?.
Seguro que ya has jugado al y con el sexo con alguna amiga. Por eso el
otro día no pude más e hice lo que hice". Le contesté
que sí que era verdad lo que me decía y añadí:
"Pero es que tu me gustas mucho, me gustas de verdad y contigo
me siento mayor". No lle gué a sentarme. Antes de llegar a
mi silla, me cogió y abrazó. Después, mientras mantenía
medio abrazo, buscó mi vagina y empezó a acariciármela,
mientras me besaba la cara y en los labios, introduciendo ligeramente
su lengua en mi boca. Al poco tiempo me produjo un orgasmo que no olvidaré
en mi vida. Después, armándome del valor que me daba saber
que ya éramos "cómplices", le dije:¿Puedo
ver "lo tuyo?. Dudó otra vez unos segundos, pero ella ya sabía
también que podía contar conmigo para cualquier cosa. Sólo
me dijo, a modo de comentario, mientras se subía la falda y bajaba
las bragas: ¡Esto es nuestro secreto ¿no?!. Ni siquiera espero
mi respuesta porque la tenía ya en mis ojos, en mi petición,
en todo mi cuerpo y en mi evidente excitación. Abrió las
piernas y me dejo ver lo que me pareció la vagina más bonita
que había visto nunca (y lo era porque las que yo conocía
eran de niñas impúberes o de alguna adolescente tan precoz
como yo y a la que le gustaban ya los juegos sexuales tanto como a mi):
tenía un hermoso pelo púbico limpio, tan cuidado como el
parterre de un jardín, que es lo que me pareció en aquel
momento. Instintivamente mi mano fue hacia
aquél sitio que me parecía mágico y prohibido, lleno
de frutos nuevos que yo nunca había probado, y traté de
acariciarlo. Ella me ayudó. Se abrió los labios, cogió
mi mano y dirigió mis dedos hacia el clítoris, enseñándome
lo que tenía que hacer. No tardé en aprender el ritmo que
a ella le gustaba más que unos pocos segundos. El resto, aunque
con las de mi edad, ya lo había practicado. Ella tardó poco
en empezar a estremecerse. Cuando estaba ella al punto del orgasmo, cogió
mi cabeza y me besó metiendo su lengua en mi boca, haciendo que
luego hiciese yo lo mismo.
Creo que se asustó más que yo misma porque, cuando alcanzó
el orgasmo, sus quejidos eran tan fuertes que, al terminar, miró
con miedo el reloj y luego hacia la puerta –cerrada por si alguien
hubiese oído algo y viniese para ver si sucedía algo. Cuando
comprobó que nadie se había oído nada de nada –yo
ya sabía que era imposible porque todo el mundo estaba en la planta
baja, se arregló, me besó otra vez y se despidió
diciendo en broma: ¿Quieres que vuelva mañana, cariño
mío, mujercita mía?. No le respondí con palabras.
Como única contestación sonreí y pasé mi mano
por encima de su falda a la altura de sus partes sexuales. Y al día
siguiente volvió. . . pero eso ya es otra historia.
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