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Enloquecidos y apasionados

Como ya dije, este relato es 100% ficticio, pero podría ocurrir. Recomiendo que lo lean desde el primer capítulo, si no lo han hecho ya.


Capítulo 2.

Ya no me cabía ninguna duda: en veinte minutos, mi vida había cambiado… ¡y de qué manera! De ser un hombre con sentimientos "normales" hacia las mujeres, me había convertido en un corruptor de menores, a los ojos de la sociedad que, afortunadamente, no tenía porqué saber acerca de mi nueva "personalidad pervertidora". Lo que estas personas ignorarían y no creerían desde ningún punto de vista, sería que había sido seducido irremediablemente por una jovencita de trece años, una muñeca audaz a la enésima potencia que, con una carita que reflejaba total inocencia, me había hecho una de las mejores mamadas de mi vida… y créanme que, a mis por entonces treinta y cinco años, -habiéndome iniciado en el sexo a los catorce- no habían sido pocas. Y, por otra parte, creía estar enamorándome de ella… ¡horror! ¿Cómo podría enamorarme de una nena de tan corta edad que, para colmo de males, era mi ahijada? De todos modos, necesitaba saber si mis sentimientos eran correspondidos: si me necesitaba así como si me deseaba (no sólo para el sexo) y si creía que esto no sería algo pasajero, y me propuse averiguarlo a la brevedad… en lo posible, antes de regresar a mi hogar.
Cuando volví a encontrarla, fue una media hora más tarde, en la sala del caserón de sus abuelos paternos unos minutos antes de almorzar. Vestía un pantalón corto de tela de vaquero, una remera gris de algodón, con rayas horizontales blancas, con tiras relativamente anchas sobre sus clavículas, prenda que le quedaba bastante holgada. Supuse que había elegido ese tamaño para no sufrir tanto el calor. También imaginé que, por esa misma razón, tenía sólo unas coquetas sandalias, tipo franciscanas, en los pies. Es decir, hoy, recordando este detalle, no sé si habrán sido muy coquetas, pero para mí, cualquier ropa o calzado que llevara puestos le quedaban muy bien.
El almuerzo transcurrió entre conversaciones triviales y anécdotas de Roberto y Patricia… la mayor parte de las cuales habían sucedido en su casa de las afueras de Miami. Yo me había sentado a un costado de la mesa con tres sillas vacantes: dos frente a mí y la restante, a mi lado. Cuando llegó Mica de lavarse las manos, no dudó ni medio segundo en tomar asiento en este último lugar. Al hacerlo, acercó sus labios a mi oído y me preguntó, en tono jocoso:
-Puedo, ¿no?
-Supongo -respondí, siguiéndole el juego-… estaba esperando una chica muy hermosa, pero parece que se arrepintió.
-¿Tenés algo planeado para la siesta? -me preguntó, luego de asentir, pareciendo lista para retrucarme mi broma, cosa que, finalmente, no hizo.
-Nada en particular… probablemente, salga a caminar, me tire en una reposera en el jardín para leer… como ves, nada especial, ¿por?
-Porque, si no te molesto, me gustaría hablar con vos; pero después, ¿sí? -culminó, apurando estas últimas tres palabras.
-Sí, claro -le dije, derritiéndome, mientras la acariciaba con la mirada y Micaela tomaba mi mano derecha (la más cercana a ella) para posarla sobre su muslo izquierdo.
En seguida, comencé a masajearlo, abriendo y cerrando la mano, primero, y luego, bajándola hasta su rodilla y subiendo hasta donde comenzaba su pantalón, muy cerca de su entrepierna, pero no me animé a más. Me miró de reojo, como queriendo que llegara más arriba, pero le palmeé la pierna, como diciéndole "luego".
Después de la sobremesa, todos tomamos rumbos diferentes. Yo me fui a caminar por el enorme jardín, con un triple propósito: estirar las piernas, bajar el abundante almuerzo y estar cerca, por si mi ahijada me buscaba. Finalmente, creyendo que Mica se había quedado dormida dentro de la casa, me fui al auto, busqué la novela que estaba leyendo y me fui a una reposera, debajo de un frondoso tilo.
-¿Molesto? -preguntó una joven voz femenina, que me sacó, de un tirón, de mi lectura.
-¡Mi amor! -reaccioné, al ver a mi nena junto a mí. Estiré mi brazo izquierdo y la tomé de la cintura, para acercarla más a mí. Mi mano bajó hasta sus nalgas, que acaricié con cierta sensualidad-. Vos jamás me molestás… ni antes, ni ahora ni nunca. Vení, sentate sobre mi falda.
Antes de terminar mi invitación, ya la había aceptado y, sin siquiera pensarlo, comenzamos a besarnos con completo desenfado y pasión.
-Te amo, Carlos… te amo con amor de pareja -me confesó luego, levantándose y alargando su brazo para que yo la tomara de la mano y la siguiera-. Ven, vamos a un sitio más privado.
Obedecí, imaginando que ella conocería la casa y sus escondrijos mucho mejor que yo. Me guió a un galpón donde guardaban equipo de jardinería y, tras cerrar la puerta con seguro, se sentó en el suelo, no sin antes colocar una manta de lona, que cubría -y volvería a su lugar, cuando nos fuésemos- una cortadora de césped. Allí, libremente, se quitó la remera, quedando con sus senitos al aire. Era obvio que estaba invitándome a imitarla y, de hecho, lo hice. Se puso de pie frente a mí y bajó sus pantaloncitos, mientras, con los pies, sin agacharse, se descalzaba y se deshacía de la prenda que aún tenía en los tobillos. Yo la miré, irremediablemente embelesado y, pese a mi estado -o a causa de él- noté que tenía una cadenita debajo de la pantorrilla derecha.
-¿Te gusta? -me preguntó y yo asentí, mientras, bastante menos ágil que ella, me quitaba los mocasines, sentado sobre un pequeño taburete-. La tengo desde hace mucho, pero decidí no ponérmela hasta que encontrara el hombre de mi vida… y creo haberlo encontrado, si es que sentís lo mismo por mí que yo por ti… -culminó, sugestiva.
Habiendo dejado mi precario asiento, nuevamente parado frente a esta dulce niña increíble, la besé; nos besamos otra vez, sintiendo que quería hacerla mía. No sé si fuimos más apasionados que en la ocasión anterior; lo que sí recuerdo es el serpentear enloquecido de nuestras lenguas y la dulce mezcla de salivas en nuestras bocas que, como por arte de magia, se convirtieron en una. Por un momento, sentí que su brazo izquierdo abandonaba mi cuello y bajaba mi bragueta, no sin antes desprenderme el botón del vaquero. Al hacer descender el cierre, pasó suavemente por mi bulto, duro y grande como pocas veces. Luego, volvió a rozarlo cuando subió la mano hasta el borde del pantalón para ayudarlo a que cayera. Con ese pequeño "empujón", ambos quedamos vestidos con una sola prenda: la que tapaba nuestros sexos.
-¡Sos lo más hermoso que he visto en mi vida! -exclamé, en un suspiro que me salió del alma, después de alejarme un poco de ella, para apreciar toda su belleza.
Su bombachita era blanca, con flores multicolores estampadas, tipo bikini y su elástico era gris claro. De alguna manera, se mimetizaba con mi "nenita": tenía su parte de inocencia así como también de sensualidad. Mica fijó sus ojos en los míos e hizo un leve movimiento de cabeza, como preguntándome: "¿Y, qué esperás?". Comprendí que, en efecto, estaba perdiendo un tiempo valioso, de modo que, agachándome un poco, tomé aquella cinta gris y, delicadamente, la fui bajando hasta los pies de mi pequeña, quien levantando uno y otro, terminó de deshacerse de su prenda íntima que tenía una marca reciente de estar mojada… y no era precisamente orina. Ya en cuclillas, levanté la cabeza y, por primera vez, vi su conchita, sin vello alguno. Así es como me gustaban y -naturalmente- me siguen fascinando. Llevé mi boca hacia sus labios vaginales, besándolos, lamiéndolos y chupándolos, como si mi vida dependiera de ello. Su grutita fue abriéndose y su clítorís se agrandaba cada vez más. Gemía, casi gritaba de placer, con la tranquilidad semiabsoluta de que nadie, que no fuera yo, la oiría. Sentí que estaba a las puertas de su primer orgasmo conmigo, y apuré mis lamidas y chupeteadas sobre toda su vulva, recalando muy especialmente en su botoncito. De pronto, entre suspiros, más gritos y más gemidos, dijo:
-¡Dale, Papi!… comeme entera… estoy a puntoooooo de correeeeermeeeeeee… ay, ay, ah, aaahhhh, aaaahhhhh… másssss… aaaaahhhhhhhh, aaaaaaahhhhhhhhhhh… aggghhhhh… uuufffffffffffff… -"aulló", por fin, y fue como si se desinflara de a poquito, volviendo a respirar con normalidad-. Ufff, Papi: ¡te juro que fue el mejor orgasmo de mi vida! Y he tenido unos cuantos, te lo aseguro. Ni con mi primer adulto he gozado tanto.
-¿Así que no soy tu primer adulto? -pregunté, intentando ocultar mi bronca con una sonrisa.
-¡No me digas que estás celoso! -sonrió, para luego reír a carcajadas, en un tono casi infantil-… No podés, mi amor -añadió, con una dulce ternura que me derritió-: imagina que yo me pusiera celosa de todas las chicas que has tenido en tu vida… seguramente vos tuviste muchas más mujeres que yo chicos…
-Y no tan chicos -interrumpí, sonriendo, haciéndole saber, sin palabras, que admitía mis tontos celos, pese a que aún me intrigaba su relación con "adultos", como había dicho ella.
-Es verdad, pero mi experiencia con maduros, digamos -sonrió, con un dejo de simpática malicia-, fue una sola y, antes que me lo preguntes, te digo que fue con el padre viudo de una amiga mía, hace unos seis meses.
Me impresionó la soltura con la que hablaba de este tema. Sacando una sencilla y rápida cuenta, concluí que lo había hecho a los doce años… ¡¿a los doce?!
-Te habrá destrozado -especulé, con la cara desencajada-… ¿o no fue tu… ya no eras virgen? -pregunté, aterrado.
-No te asustes, mi cielo -me dijo, arrodillándose para estar a mi misma altura y sus dedos me acariciaron las mejillas-… fue tres meses después de haber perdido la virginidad con un chico de dieciséis años, uno de los más guapos de mi grupo de amigos; no tan guapo como vos, por supuesto -culminó, con un tono mimoso y comprador, al que no dudé en sucumbir.
A partir de ese momento, todos fueron besos muy tiernos y profundos, roces de manos sobre nuestros cuerpos, disfrutando cada milímetro de nuestra piel. Volvimos a ponernos de pie y, sin desesperarse, Mica me quitó el calzoncillo, con una ternura conmovedora, a punto tal que se me puso la piel de gallina. Intenté imitar su delicadeza cuando comencé a penetrarla, ya extendidos sobre la lona en el piso. Lejos de frustrarme, fue un alivio saber que había sido desvirgada: de este modo, estaba seguro de que no la lastimaría y que, en el peor de los casos -si mi pene hubiese sido más grande que los de mis predecesores-, sólo tardaría unos instantes en habituarse a mi tamaño y, mejor todavía, no sufriría demasiado dolor.
Entré muy despacio, tomando todas las precauciones posibles, pero mis temores fueron desvaneciéndose al comprobar que todos sus gemidos y grititos eran de placer. Esto también me motivó a ir más profundo e incrementar mi velocidad. ¡Qué delicia era hacer el amor con esa pequeña! Me negaba a considerarla una mujer, ya que no lo era; además, ¿para qué negarlo?, me causaba mucho morbo penetrar una chica tan joven… era casi una niña y, en lugar de causarme vergüenza, me excitaba mucho más que con una mujer hecha y derecha o, por lo menos, una chica mayor de dieciocho años. Desde luego, ella supo guardar nuestro secreto, porque sabía perfectamente lo que me esperaba si otros adultos se enteraban. Sin querer, me convertí en un pedófilo (palabra espantosa, si las hay), pero en realidad, no fue tan así: yo amaba a mi Micaela y no iba a empezar a correr tras cada muchachita de su edad.
En fin: con cada embiste, nuestro amor crecía. Yo lo sentía así y, luego, sin que yo le dijera nada acerca del tema, ella también me lo mencionó. Ella, pude advertirlo, llegó, por lo menos, en dos oportunidades y, cuando yo estuve por explotar, recordé que no estaba usando preservativo, y no sabía si ella estaba protegida para evitar un probable embarazo por demás inoportuno. Pero no pude hacer nada: por el contrario, Mica, presintiendo mi orgasmo, comenzó a mover su pelvis para ayudar a la penetración para que ésta fuese más profunda y, por lo tanto, más placentera para ambos. Cuando por fin acabé, sentí como si mis testículos fueran a vaciarse para siempre, tal era la cantidad de leche que me salía.
Unos segundos después, volvimos a besarnos y supimos que lo nuestro no habría de ser una aventura pasajera: nos pertenecíamos y, por más que pasaran el tiempo y ella, obviamente, dejara de ser una chica de trece años, jamás dejaría de ser mi "pequeña". Cómo lo haríamos, ése era otro tema que deberíamos resolver. Mis compadres se convertirían también en mis "suegros", aunque nunca lo supieran… en ese momento, resolví dejar el problema para otra oportunidad. Ya estaba acostado al lado de la muñeca más bella que había conocido y ella habiéndose dado vuelta, me miraba directo a los ojos, con una ternura sensual que me resultó totalmente inédita. Unos momentos después, mamaba mi semifláccido pene, para no desaprovechar ni una sola gota de mi lechita, como le gustaba denominar el líquido que ya había degustado al lado de la piscina. Mica tenía la particularidad, por así decirlo, de cambiar, en un segundo, de un rostro de dulzura total a uno de lujuria imposible de creer o resistir.
-Mmmmmmmmmm… Papi, está delicioso… ¡tenés una pija grandota y muy jugosa! -exclamó, con voz más aniñada de lo que ya era, con gesto de bebita malcriada que me despertaba mucho morbo-. ¡Quiero más lechita, quiero más lechita, quiero más lechita, quiero más lechita! -canturreaba, saltando a mi lado, en cuclillas, haciendo palmas al ritmo de su improvisada melodía.
Sus tetitas prácticamente no rebotaban y se presionó los pezones con cada pulgar, observándoselas, alternadamente, mientras las mantenía así. Enseguida, se dio cuenta de que ese jueguito suyo me ponía a mil; entonces, se detuvo y comenzó a comerme la boca de a poco… es decir, con besos muy intensos pero breves.
-Sos… el… amor… de… mi… vida. -me dijo, entre uno y otro
-Y… vos… sos… el… mío. -respondí, con su mismo sistema.
De repente, separó sus labios de los míos, nos miramos a los ojos y nos besamos por última vez. Ambos temíamos que Roberto y Patricia estuvieran buscando a su hija y, pensando que algo malo podría haberle pasado, se les diera por golpear a la puerta de aquel galpón que, si bien estaba cerrada, podría habernos asustado y hacer algún ruido al pegar contra cualquier cosa, algo que, quizá, nos delataría.
-Padri, ¿no se te antoja un helado? -interrogó, mientras nos vestíamos.
-Sí, claro… no creo que haya sobrado del mediodía: ya sabés cómo le gusta a tus abuelos y a tu padre; pero podríamos salir a comprar, ¿te gustaría?
-¡Claroooooooo! -exclamó, estusiasmada-. ¡Qué pregunta, Cielo! Y, de paso, tendríamos una excusa para pasar otro rato a solas… siempre y cuando, no se nos quiera sumar mi abuelo, o alguien.
-Es una posibilidad -dije, tras mirar mi reloj y continuar peinando, con mis dedos, su bella cabellera (particularmente, su flequillo que me enloquecía) y ella hacía algo parecido con mi pelo, todo lo cual terminó con un dulce pico-, pero creo que es un poco temprano para que estén levantados. Vamos, Amor…
Con sumo cuidado, Micaela abrió la puerta, cerrándola tras de sí. En dos trancos, estuvimos lo suficientemente lejos como para simular que paseábamos por el jardín, sin dar indicio alguno de que, hasta hace unos segundos, estábamos en nuestro precario refugio. Aunque algo nervioso, suspiré aliviado, cuando vi a Roberto venir en dirección opuesta a la nuestra. Al vernos, sonrió.
-¿Dónde se habían metido? -interrogó, mirando a su hija.
-Por acá nomás -respondió, con una naturalidad envidiable-: estaba mostrándole a mi Padri rincones del jardín que no conocía. ¿Está mal?
-No, hija… desde luego que no: nadie se atrevería a insinuar semejante disparate. Si te lo pregunté fue por simple curiosidad. Y ahora, también por simple curiosidad, ¿puedo preguntar adónde van?
-Sí -respondí, mucho más distendido-, por supuesto, estimado amigo: conversando con tu hija, decidimos salir a comprar más helado. ¿Querés que compremos para todos?
-No: muchas gracias, Carlos. Todavía me siento lleno; y recién, Pato me comentaba lo mismo. En cuanto a mis viejos, ya comieron suficiente al almuerzo: no quisiera tener que hospitalizarlos por un empacho de helado -rió, bromeando a medias.
Mica y yo salimos juntos en mi auto -un Fiesta que había comprado el año anterior-, que a mi novia/ahijada le encantó. Como hubimos previsto minutos atrás, no pudimos hacer casi nada, aprovechando la ausencia de mis compadres: yo era demasiado viejo o ella era demasiado chica -en este caso, daba igual- para pasar como lo que éramos: una pareja de enamorados. Sin embargo, disfrutamos de nuestra mutua compañía… ya faltaba muy poco para que yo regresara a mi casa y ella se quedara con sus padres y abuelos. Pero, al volver, después de haber compartido nuestros helados, nos esperaba una sorpresa.

Continuará

 

 

 

 


 

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