| Edelmira vio como se habría
la puerta de improviso y su cara mostró toda su sorpresa y temor
por lo que veía: su marido estaba allí parado mirándola,
a solo unos pocos metros, y ella allí, desnuda, en posición
de hembra en celo. Pero esos ojos bellos color miel cambiaron de súbito
a una expresión de incredulidad e incertidumbre, puesto que contrariamente
a lo que ella esperaba, el hombre que la amaba la miraba con una cara
lasciva y calentona. Nada de rabia, nada de despecho. Sin embargo, lo
que más le desconcertó fue que marco seguía bombeándole
el culo como un salvaje, impávido, sin siquiera inmutarse ante
la presencia del recién llegado, meciéndole la verga hasta
lugares en donde ella jamás se había imaginado que un macho
la pudiese coger por allí, por esa entrada que tan poca resistencia
opuso al recibir las primeras embestidas de ese falo duro y grueso.
Tampoco se habría imaginado que ese esfínter anal suyo fuera
un arma de poder tan deliciosa, porque a pesar de estar en cuatro patas,
con la cabeza enterrada en la almohada, el culo levantado y firmemente
tomado por esas manos grandes de macho, había descubierto que de
tanto en tanto podía apretar el culo y darle aún mayor resistencia
a esa verga que furiosa le abría las entrañas por detrás,
teniendo como respuesta un bramido de placer de ese macho que detenía
su embestida y le prodigaba una frase obscena y lujuriosa, que daba cuenta
de su pericia de puta con el culo. Esa sensación inicial de dolor
mezclado con placer pronto se fue convirtiendo en una de sumisión
y control deliciosos, y le estaba gustando mucho el juego, al punto que
de su boca se escuchaban frases del tenor: "¡¡¡¡así
mi amor, no pares, rómpeme así de rico el culo, sigue...!!!!"
¡¡¡Cómo lo estaba gozando!!!, cómo la
había hecho gozar ese hombre que en cada entrada de su cuerpo,
había aplicado la misma fórmula de sutil seducción
y obsceno desenfreno. Había terminado por vencer sus resistencias
de dama, había descubierto a la caliente puta. Ante esa irresistible
combinación de piel, besos, caricias y humedad, de uno en uno fueron
cayendo su boca, su concha, su culo, entregándose por entero a
los deseos lujuriosos de ese amante ocasional. Por esto no le sorprendió
que la presencia de su marido no fuera impedimento para que ella sintiera
nuevamente cómo las contracciones de su concha comenzaban a fusionarse
en un mar de húmedos espasmos, y que el rictus inconfundible en
su rostro fuera la señal de que ese inmenso placer la iba a envolver
nuevamente.
El sudor de su cuerpo después de tan extensa sesión de sexo
le había dado a ese cuerpo de hembra un brillo hermoso y sensual
en la penumbra de aquella habitación, y los movimientos de su pelvis
y los gemidos de su boca le entregaban una belleza única, aquella
que las mujeres manifiestan solamente cuando un macho de verdad las ha
sabido coger como toda dama con alma de puta sueña. Y de verdad
que bella se veía cuando ese orgasmo arrebatador nuevamente la
invadía en esa situación tan morbosa.
En medio de ese orgasmo salvaje que le hacía sentir la sangre palpitando
en sus sienes, de ese gemido de perra cogida que se ahogaba en su garganta,
de esas ganas de gritarle a todo el mundo que estaba siendo cogida como
ella se merecía, de los dedos enterrados en las sábanas
y los ojos color miel entrecerrados, su cara cubierta por sus bellos cabellos
oscuros, inundada de semen y lujuria.... en medio de todo aquello comprendió
finalmente lo que sucedía... en ese momento entendió que
no era casualidad que su marido, le hubiese casi obligado a que hoy se
pusiera ese pantalón blanco y tan ajustado, que caminando por la
calle y escuchando toda clase de obscenidades referidas a su culo, le
hacía sentirse casi como una puta.
Tampoco era casualidad la cadena de sucesos novedosos vividos hoy. Recordó
la llegada a su trabajo de ese hombre que la fue a visitar por temas laborales
sin importancia, y que en medio del típico café de oficina
le dejo la sensación de conocerla tan bien, aún más
con un par de copas que no sabe como se atrevió a aceptar después
de las 6. Entendió que no era casualidad que en medio de ese baile
que aceptó gustosa con el alcohol en su cabeza y un calor intenso
en la entrepierna, ese hasta algunas horas extraño supiera susurrarle
al oído justo lo que le encantaba oír, y la guiara en ese
baile seductor, con la cadencia que toda mujer agradece, desde la pista
de baile hasta una suave, prohibida y pecaminosa cama de hotel. Desde
el último paso de baile hasta la alfombra de aquel cuarto no era
mucho lo que recordaba, solamente sabía que estaba tan excitada
y fuera de control que mucho antes de bajarse del auto ya no tenía
puesta la tanga, y que su boca antes de retocar sus labios sentada al
borde de la cama y su amante succionándole los jugos de su sexo,
ya había gozado con intensidad el sabor a verga de macho en el
camino.
No le había importado ser por una noche una puta, pero una de lujo,
de aquellas que tienen la voluntad de decidir cual será el macho
que la podrá gozar, fantasía que solo hoy se había
atrevido a cumplir. Pero en ese instante la gloria estaba siendo completa,
al mismo tiempo que sentía los ríos de placer recorriendo
su cuerpo con inicio en su concha y un final quien sabe donde, aquel macho
comenzaba a soltarle su néctar en chorros de placer infinitos e
interminables, bufando como un macho salvaje poseyendo a la más
deliciosa y prohibida hembra, en una conjunción de lujuriosos ritmos
en que ambos gemían como dos animales en época de celo.
El objetivo aquí no era la especie, era simple placer, de ese al
que tantas veces Edelmira de había negado.
La miel de sus ojos apenas podía distinguirse en medio de esos
cabellos enmarañados sobre su rostro, por la locura y el desenfreno
de aquella sesión de sexo, a lo que sería necesario agregar
la posición de esos amantes que aun después de ese orgasmo
simultaneo e intenso, se negaban a abandonar.
En los ojos de su marido esa imagen será imborrable, su mujer en
cuatro patas de la misma forma como él la había tenido tantas
y tantas veces, pero ahora clavada por la pija de otro macho, y nada más
ni nada menos que por el culo, precisamente en ese culo con el que fantaseó
tantas veces viendo como su mujercita volvía locos a los hombres,
pensando en si ya otros habían tenido el placer infiel de probarlo.
Tampoco es probable que pueda olvidar el rugido de ese macho cachondo
cuando se estaba corriendo, ni el sonido de su pelvis chocando con fuerzas
con las nalgas de Edelmira que lo recibían gustosas y abiertas,
tampoco el gemido inconfundible de su mujer, señal que se estaba
corriendo como poseída con ese falo clavado en sus entrañas.
Edelmira en cambio, sólo después de unos segundos interminables
y exquisitos disfrutando el post orgasmo, en que le habían cogido
por el culo soltándole un interminable y suculento néctar
que podía sentir ahora hasta lo más profundo del ano, al
mismo tiempo en que se corría con el deseo incontenible e irrefrenable
de la novata y la experticia y sabiduría de la más grande
y lujuriosa puta, solo después de gozar todo eso atinó a
levantar la cabeza de la almohada y mirar nuevamente a su caliente y fantasioso
marido.
Con su voz aún entrecortada y la garganta afectada por los gritos,
que le fue imposible ahogar en las sábanas en sus sucesivos orgasmos,
le dijo a su marido con una mirada cómplice y morbosa:
"Eres un cabrón, tú lo preparaste todo, así
me querías ver, pues aquí me tienes, mírame bien,
pero déjame decirte que lo gocé, y mucho, pero aún
no he terminado, acércate que es mi turno de la fantasía..."
Una sonrisa se dibujó en sus labios hinchados por el roce de esos
besos tan intensos, apasionados e interminables de su amante casual. En
su lengua aún sentía el sabor y la sensación de aquella
exquisita presión del miembro erecto y duro pujando por llenar
su boca. Jamás se imaginó antes de aceptar esa mamada que
iba a ser así de larga y deliciosa, y que iba a dejar que Marco
la metiera toda hasta casi no poder respirar, por tener la garganta llena
de verga. Pero Edelmira aún quería más, si esta noche
iba a ser una puta, quería serlo completa. Separó su culo
de la verga ahora ya en reposo de marco y con una mano la comenzó
a masturbar rogando por una reacción rápida, haciendo un
ademán a su marido para que se acercase, a lo que este obedeció
sumiso. Bajó la cremallera de su pantalón y aquella mujer
tan formal en apariencia que sólo gozaba con calentar a los hombres
meneando sutilmente su exquisito culo, hormado por sus pantalones tan
ajustados que enloquecían a su marido, estaba a punto de cumplir
la fantasía de muchas, sentir lo que dos vergas pueden hacer por
el placer de un cuerpo deseoso y receptivo de una hembra como ella.
Cuando su marido sintió que su mujer comenzaba a mamársela
con fuerza, como con furia, no pudo dejar de pensar en que sólo
algunos minutos atrás era la verga de marco la que llenaba esa
boca, que era muy probable que aún quedasen restos de semen en
su lengua y que la ahora muy puta de su esposa podía sentir esa
mezcla de sabores que sólo las hembras muy conocedoras de los placeres
del sexo eran capaces de gozar.
Marco, al ver tal espectáculo, ya había reaccionado. Empalmado
como estaba, pensó que era tiempo de devolver placer con placer...
Ubicó a Edelmira cruzada en la cama para que en un extremo de ésta
ella pudiese seguir con su trabajo de chuparle el tronco y lamerle los
testículos a su complacido marido. El en cambio, se ubicó
estratégicamente en el otro extremo abriéndole de par en
par las piernas. Que vista aquella, esa concha depilada y suave, con los
labios aún húmedos y enrojecidos por la cogida que él
le acababa de dar, pero aún así deseosa de más. Pero
lo que más le calentó fue ese hilo de leche que comenzaba
a brotarle del culo a Edelmira mojando copiosamente las sábanas.
Con dos de sus dedos tomó desde la fuente misma ese néctar,
introduciéndolos lo más que pudo en esa vertiente de placer,
y con ellos untados de ese blanco y espeso jugo la tomó de los
cabellos obligándola a parar un momento con su mamada, y metiéndolos
de una en su boca le dijo con voz morbosa: ¡cómelo para que
tu boca sienta el placer que tu culo gozó al recibir mis chorros!.
Ella, al oír esa frase que sólo a una puta un hombre sería
capaz de decir, lamió esos dedos devorando con fruición
ese lujurioso manjar hasta no dejar resto, y solo después de estar
segura que no quedaba rastro, siguió con su mamada. Su marido ahora
ya no tenía su duda inicial, ahora estaba seguro que el paladar
de su mujer podía dar fe de la delicia de la mixtura de sabores
de macho en la boca de una hembra así de puta.
Marco pagó su deuda devolviendo la mamada que le había prodigado
rato atrás Edelmira, con la mejor comida de coño que le
habían dado a esa mujer en mucho tiempo. Edelmira se volvió
loca sintiendo la lengua intrusa de marco separándole los labios
de la chocha, entrando con fuerza a la fuente misma de sus jugos vaginales,
y ni hablar de esos labios de macho jugando con una presión exquisita
en su clítoris que sentía iba a reventar de placer. Luego
de unos minutos eternos no aguantó más, comenzó a
gemir con la verga de su marido en su boca y sintió que un volcán
de placer le iba a hacer erupción en su sexo, lo que efectivamente
ocurrió, y su boca sin control fue tal la presión que ejerció
en la verga de su marido que éste no pudo aguantar mas y comenzó
a derramarse a borbotones en su boca. Pero Edelmira estaba fuera de control
gozando ese orgasmo, sin querer separó aquella pija de sus labios
y ésta estando libre comenzó a rociarle con leche el cabellos,
la cara, las tetas, en lo que para ella fue una verdadera tortura de placer,
porque marco en vez de detener su ritmo comenzó a comerle la chocha
como si en eso se le fuera la vida, presionando su clítoris con
su lengua furiosa y metiendo y sacando tres de sus dedos de su sexo en
forma frenética, rozando con pericia lo que algunos llamarían
su punto G.
Si el lector me permite, pasaré a continuar el relato en primera
persona, en honor a aquella pareja morbosa y esa noche feliz.
Después de mi tercera corrida en esa hembra deliciosa e irresistible,
supe que era el momento de partir. Si bien la ocasión ameritaba
más lujuria, hay momentos en que el deseo tiene que dejar paso
a la cordura y el reposo. Edelmira y su esposo yacían allí
en ese lecho de hotel como dos amantes esposos después de su primera
noche de luna de miel, abrazados y exhaustos. Esa diosa de culo perfecto
y ojos hermosos, había tenido aquello que tanto había resistido,
solo ayudada por un par de copas y la complicidad de su marido. Este en
cambio, había por fin visto lo que sólo en sus fantasías
más afiebradas había soñado, a su mujer convertida
en la más ardiente y desenfrenada puta.
En mi caso, no olvidaré lo que un buen culo enfundado en un ajustado
pantalón blanco puede provocar en un hombre como yo, aunque para
serles franco, lo que espero que la vida me permita repetir, es la exquisita
e irrefrenable sensación de sentir la presión del culo dilatado
de una hembra como aquella, cerrándose firme de vez en cuando y
a voluntad, recordándome que en el sexo, aun una hembra entregada
así a mis deseos, sigue siendo una reina del placer y debe ser
tratada como tal.
Mañana llamaré a mi amigo, no antes del medio día
puesto que esos dos tendrán mucho placer que darse recordando lo
vivido, y le agradeceré por compartir conmigo a esa diosa de mujer
que tiene. Y si Edelmira aún quiere hablar conmigo, esa será
la indicación de que esta historia aún no ha llegado a su
fin...
Marco_crónicas
miscronicashot@yahoo.es
Para volver a SEXYCUENTOS,
haga click aquí |