Hace como un año me mude a un departamento junto con Carla, lo que les voy a
relatar sucedió hace cerca de dos mes, me encontraba en mi cuarto
cambiándome de ropa, cuando noté por el espejo Sebastián, me estaba
observando. Al darme vuelta, él se retiró con rapidez, pero lo llamé para
pedirle que antes de irse pues estaba de visitando a Carla, me alcanzara
algunas cosas que yo había dejado en el automóvil. Cuando giró ante mi
llamado, noté lo abultada que estaba su bragueta como señal indudable de una
erección que él trató de disimular, tapándose con las manos mientras
hablábamos. Me causó algo de gracia el confirmar que le era atractiva. Tras
una breve conversación se retiro. Minutos después, al pasar frente a la
puerta cerrada del baño, surgió en mí una sospecha que no puedo fundamentar
con claridad, pero que me llevó a apoyar uno de mis oídos en la misma, lo
que me permitió escuchar ciertos movimientos rítmicos, y una respiración
profunda al principio y jadeante luego, que no me sugerían otra cosa que una
masturbación en curso.
La situación relatada me generó una variada serie de sentimientos. En primer
lugar me preocupé, no por las presuntas maniobras de autosatisfacción de
Sebastián, sino porque yo sospechaba que se había excitado observándome y el
alivio que se procuraba me tenía como causante. Por otra parte me sentía
orgullosa de confirmar que tengo un cuerpo atractivo. Pensé en qué había
visto Sebastián ese día y creo que vio mi espalda desnuda, mi cola
parcialmente oculta por una tanga, quizás alguno de mis pechos de perfil.
También sentí curiosidad imaginando las maniobras que ocurrían del otro lado
de la puerta y alguna cosquilla entre mis piernas por lo que pasaba del otro
lado.
Recordé que otras veces, durante los últimos meses, me había parecido verlo
cerca de mi cuarto o del baño mientras yo me encontraba en ellos. Sentí que
debía confirmar si estas suposiciones eran ciertas y decidí favorecer el
contacto de su mirada conmigo. Sebastián venía a casa casi todos los dias
alrededor de las 17 horas, Carla a las 18. Fue así que al desvestirme cada
día, comencé a dejar la puerta bien abierta y a moverme semidesnuda, sin
mirar hacia afuera para no ahuyentarlo, pero atenta a sus movimientos.
Siempre me espiaba. También comencé a dejar entreabierta la puerta del baño
y en una ocasión mientras me duchaba lo llamé para que me alcanzara una
toalla y al tomarla me incliné para que se me viera fugazmente un pecho.
Otra vez salí envuelta en un toallón y de espaldas a él dejé que se me
cayera y lo recogí inmediatamente. Una vez y vestida con una falda muy
corta, le pedí que me sostuviera una escalera mientras yo subía a buscar
algo sobre unos estantes. Imaginé su cara mirándome desde abajo y al bajar,
vi otra vez, como en los días previos, la imponente tensión bajo sus
pantalones. Y luego se dirigió al baño.
A esta altura de los hechos, muchos pensamientos nuevos surgían en mi mente.
La preocupación inicial se transformó en una mezcla de excitación y
vergüenza. Esperaba cada día Sebastián me espiara. Imaginaba su mente
pensando en mí y su mano en su miembro subiendo y bajando con frenesí hasta
vaciarse, en mi cara o en mi pubis. Sentía además un creciente deseo de ver
su miembro.
Se me ocurría como un arma poderosa capaz de hacer gozar hasta el desmayo a
quien se le pusiera al alcance, incluso a mí. No soñaba con tenerlo dentro
de mí, porque sabía que no sería capaz de cometer una locura así, porque
era el esposo de Carla, mi amiga, pero quería verlo, mirarlo de cerca.
En ese tiempo mi vida sexual era tranquila. La frecuencia de acercamiento
con algunos hombres era baja
Notaba también que algunos de mis compañeros del trabajo o los hombres por
la calle me miraban con intenciones muy claras. Un viernes por la noche tras
haber cenado, me duché y salí del toilette cubierta por una bata de algodón.
Carla había salido de viaje y no volvería hasta el domingo. Decidí continuar
con mi juego de provocación e invite a Sebastián conversar y ver televisión.
Cuando llego, le invite a pasar, me incliné dejando que se vieran parte de
mis pechos y luego me senté a su lado con ambas piernas sobre el sillón y la
bata entreabierta, que dejaba ver una de mis piernas hasta la ingle. Él me
miraba de reojo mientras yo fingía ver la televisión. Yo también de reojo,
noté cómo crecía su verga. Sabía que mis fantasías no eran razonables, pero
como me venía ocurriendo a diario, comencé a percibir que mi vulva se
humedecía y tal vez el saber que Carla estaría afuera por dos días, me llevó
a vencer mis prejuicios y a manipular la situación para aliviarme de esa
tortura.
Le tomé una mano, que con la otra intentaba ocultar su erección y le dije
que había notado que le gustaba observarme y le pregunté si yo le parecía
bonita. Trató de explicar que no, pero que yo sí era bonita y con voz
relajada para que no creyera que lo recriminaba, le comenté que no se
preocupara, que lo había visto mirándome y cómo se le ponía duro.
El pregunte si yo le resultaba atractiva. Se sonrojó y me dijo que sí era
muy atractiva y que con ver cualquier parte de mi cuerpo le pasaba eso.
Quiso negarlo, pero lo miré con ternura y dijo que sí, que era cierto y le
pregunté si gozaba mucho y reconoció que sí.
Le pedí que me contara qué pensaba de mi , le pregunté si imaginaba que yo
se la tocaba y dijo que sí y al preguntarle si yo lo hacía sólo con la mano,
me dijo que a veces con la boca y le pedí que se distendiera y me diera
detalles y me contó cómo yo le besaba la punta y luego los testículos y cómo
luego me la metía hasta donde podía dentro de mi boca y la lamía y a veces
me sentía ahogada y sacaba la boca y volvía a empezar. Me contó cómo yo me
arrodillaba sobre él y me penetraba por la vagina y cómo, me ponía en "cuatro patas", me untaba mi orificio anal con crema y me penetraba. Y le
pregunté si yo gozaba y me dijo que sí, que mucho y que me gustaba que
acabara en mi boca, pero cuando más gozaba era con su verga en mi culo, que
yo gritaba desesperada y le pedía que se la metiera hasta el fondo y que él
gozaba, pero temía lastimarme.
Al escuchar ese relato mi corazón parecía a punto de salirse de mi tórax,
estaba transpirada y a punto de pedirle que me penetrara por detrás allí
mismo. No recordaba el haber estado tan excitada desde hacía varias semanas,
para conformar sus requerimientos y que no había gozado en absoluto.
Con un gran esfuerzo por controlarme, le dije que sus fantasías no podían
cumplirse, porque era el enamorado de mi amiga, no era. Pero que no estaba
mal soñar y que todos tenemos sueños inalcanzables y que esto los hacía más
bonitos. Que me alegraba de que sintiera lo que sentía por mí y de que
hubiera sido tan sincero.
Que dado que le gustaba mirarme, por este día lo iba a premiar dejando que
me observara completamente desnuda y que iba a poder masturbarse delante de
mí mientras me miraba. Dijo que le daba vergüenza, pero lo llevé de la mano
hasta su cuarto y le pedí que se desvistiera. Lo hizo con temor y le indiqué
que se recostara sobre la cama, mientras yo le acomodaba varias almohadas
debajo de su cabeza. Parada a su lado le dije que se sacara el slip, y al
hacerlo surgió una pija de tono sepia, en ese momento no plenamente erecta,
con venas bien visibles, que se inclinó hacia la derecha. Enorme. Le
acaricié los muslos y su verga se elevó de golpe como un mástil. Me separé y
me paré a un metro. Le dije que él se pajeara mientras me observaba, pero
que no nos íbamos a tocar en ningún momento. Le di la espalda, saqué los
brazos de las mangas y dejé caer mi bata hasta la cintura. Me di vuelta
tapándome los pechos con las manos. Mis pechos erguidos y con pezones
rosados, que en ese momento estaban durísimos. Me los acariciaba mientras
dejaba que se fueran viendo cada vez más y mi hijo se masturbaba con una
mano, que trepaba y descendía por esa pijota, casi sin que pudiera rodearla
con su mano.
Dejé mis pechos a la vista mientras me balanceaba de un lado a otro
siguiendo el ritmo de la paja. Me di vuelta y dejé deslizar la bata para
dejar al aire mi culo redondo, siempre alabado por otros hombres y apetecido
por tantos en el trabajo o la playa. Me seguí moviendo a medida que
aumentaba la frecuencia de la paja, hasta que manteniéndome de pie, incliné
mi tronco hacia adelante y con el culo a 50 cm. de su cara, con mis manos
separé los glúteos para que pudiera ver y dada mi excitación, oler de cerca
mi concha y mi ano. Él comenzó a gemir mientras yo aún inclinada giré la
cabeza hacia la izquierda, donde a centímetros su pija parecía estallar.
Estuve a punto de arrojarme sobre ella y engullírsela, pero me esforcé en
controlarme. Me recosté en la punta opuesta de la cama, abrí mis piernas y
separé mis labios para que me mirara y completara su tarea. Evité
acariciarme para mantener la firmeza de mis propósitos, para no excitarme
hasta un punto incontrolable y para evitar el hacer cualquier cosa de la que
me arrepentiría (es decir, pedirle que me penetrara). Sonreí con ternura
todo el tiempo, evitando que se me notara el descontrol que me provocaba
dolores en el abdomen y los dientes, tan apretados.
Le hablé mientras él se agitaba, pidiéndole que estallara, y así ocurrió,
cuando varios chorros de semen caliente saltaron mojándolo a él, la cama y
salpicándome también. Comenzó a respirar cada vez más pausado. Me levanté,
me puse la bata, él tomó la sábana para taparse, me acerqué le di un beso en
las mejillas, le acaricié el cabello y le pregunté si le había gustado y si
lo ocurrido le había parecido incorrecto y me dijo que nunca había gozado
así y que nada le parecía mal, y que le gustaría que ocurriera de nuevo y le
dije que tal vez algún día y se marcho a la habitación de Carla pues esa
noche se quedaría allí. No me duché y decidí acostarme impregnada de los olores que me envolvían.
desesperada comencé a acariciar mi vulva, mi clítoris y mis pechos, pensando
en Sebastián, pensando en su verga, casi sintiendo su gusto y necesitándolo
dentro de mí. Deseé haber tenido un vibrador que jamás se me había ocurrido
comprar y metí mis dedos en mi concha y con la otra mano me acaricié con
intensidad el clítoris hasta acabar y sin ceder con mis caricias reiteré
varios orgasmos sorprendentes para mí. Hasta quedar dormida.
Desperté sobresaltada a las 4 de la mañana, agitada, creo que angustiada por
lo sucedido y excitada por lo que pasó y por lo que no pasó. La puerta de mi
cuarto seguía cerrada. Me dirigí hasta el cuarto de Carla, donde estaba
Sebastián, la puerta estaba entreabierta. Asomé la cabeza y traté de
distinguir entre las sombras si todo estaba bien. Al hacerlo, me preguntó si
era yo y qué ocurría y prendió la luz. Yo estaba desnuda todavía y sonreí
diciéndole que bueno, que él ya me conocía así, sin ropa. Me miró extasiado
y la sábana se movilizó y se elevó a la altura de su ingle. Me puse seria,
avancé hacia él. Sabía que debía detenerme, pero no pude. El deseo era
irresistible y era imposible que me controlara. Tomé la sábana, lo destapé,
con ambas manos apreté su pijota y comencé a lamerle el glande. Él me miraba
azorado y yo le respondí con una mirada casi de súplica. Metí su verga en mi
boca y bajé y subí la cabeza sin soltar su pija atrapada por mis manos y se
contorneaba y gemía. Giré mi cuerpo y me recosté sobre él para que tuviera
una visión más completa de mi concha, pero él estiró su cabeza y con su
dulce lengua comenzó a chupármela. Primero chupó con pasión mi concha que
estaba a punto de explotar y luego mi orificio anal, y luego mi conchita y
otra vez mi ano que se abría con el impulso de su lengua firme y
experimentada.
No quería llegar al clímax ni que él lo hiciera así, mediante estímulos
bucales. Me aparté, de frente a él y montada sobre su cuerpo, me puse en
cuclillas y descendí lentamente, mientras su maravillosa pija se introducía
en mi concha, que se contraía y parecía aplaudir de alegría. Sebastián, como
si fuera un semental descontrolado, bombeaba dentro de mi vagina que no
podía contener ese aparato descomunal. Luego estiré mi cuerpo sobre el suyo
y sin que su polla se escapara de mí, giramos mientras él ahora encima de
mí, arremetía con pasión y controlaba sus. Yo le pedía que me perdonara, que
no quería que esto dañara la relación con Carla, que el era el enamorado de
mi amiga, y que él tal vez me lo reprocharía en el futuro, pero me
contestaba que no, que era feliz, que me amaba, que me agradecía, que nunca
me dejaría por mas que se case con Carla.
De pronto sentí una convulsión y me desparramé y derretí en mil orgasmos que
venían y se iban y volvían y no terminaban mientras lo besaba. Mi lengua
dentro de su boca, su lengua en la mía, mordiendo mi cuello y lamiendo mis
fosas nasales. Exhausta, lo aparté con delicadeza, le acaricié la cara, casi
rasguñé su piel, y lo tomé por la cintura para dirigirnos a mi cuarto. Saqué
de un cajón una crema humectante que me paso por mi cuerpo (fue lo único que
se me ocurrió usar durante esa conmoción), unté su pija maravillosa, le pedí
que me la pasara por el ano y él lo hizo casi con sabiduría, por fuera y por
dentro y me agaché y le pedí que me destrozara y se acercó con su tronco
rojizo y caliente y lentamente comenzó a empujar hasta que su glande hizo
punta y luego el resto de su falo, kilométrico, mientras yo me retorcía,
gemía, gritaba y agradecía y le pedía perdón y él me decía que me amaba ¿que
está bien lo que hacemos? Y él que sí y qué lindo era mi culito y yo
desesperada tenía orgasmo tras orgasmo y deseaba que nunca terminara y que
podía morir ahora, ya nada más importante tenía por hacer.
No había sido tan feliz en semanas, le dije, estoy lista para recibir todo
lo tuyo, donde quieras, y lentamente sacó su pija y me pidió que se la
chupara y lo hice sintiendo ese gusto mezcla de mí y de él y la masajeé con
mis manos y la chupé con desesperación hasta que sentí como casi
convulsionaba y derramó sus líquidos una y otra vez en mi boca, mientras se
derramaba un poco y yo deglutía lo que podía, hasta la última gota. Nos
dormimos abrazados y despertamos cerca del mediodía.
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