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Donde hubo fuego cenizas quedan
Hola a todos. Me haré llamar Gabriel,  espero que no les moleste que use un seudónimo.

Ella fue mi novia durante tres años. Habíamos terminado hace apenas 20 días.

Se llama Carmen. Mide 1, 62 y es de contextura delgada.  La fisonomía de su rostro era perfecta; la frente amplia y una quijada prolongada pequeña que me hacía imaginar que hacía el amor con mujer gato, igual a la de las esfinges egipcias.

Tiene ojos cafés, cabello negro hasta los hombros y unos pechos grandes y bien formados que solía acentuarlos con blusas bastante escotadas. No tiene caderas anchas pero su cinturita parece un anillo.

Casi nunca usaba falda, pero cuando lo hacía se notada un culito bien respingado que dejaba con la boca abierta a más de uno.

Fue un día sábado, yo me encontraba en casa con varios amigos de la universidad haciendo una tarea. En casa no se encontraba nadie. Mis padre salieron a un compromiso familiar y me pidieron que no me moviera del lugar.

A eso de las 15:00, recibí una llamada a mi móvil. Se trataba de carmen. Me dijo que le urgía verme para charlar y que no podía esperar más. Aunque yo sabía que ella ya salía con su mejor amigo de la clase, le dije que no podía salir y que viniera a mi casa. Ella aceptó y me dijo que estaría en 20 minutos.

Cómo sabía que la visita podría terminar en algo más que una charla me preparé para recibirla. Les dije a mis amigos que se marcharan para quedarme solo con ella, sin darles mayor explicación de mi extraño comportamiento.

Cambié mi vestuario, coloqué música romántica en el equipo de sonido (ella amaba a Silvio Rodríguez) y limpié un poco la habitación.

El timbre de la casa sonó y bajé a la primera planta para recibirla. Abrí la puerta. Traía una blusa negra sin mangas y un pantalón blanco a través del cual podía observar una tanguita gris que traía puesta.

Me miró con dulzura y algo de nostalgia. Ninguno atinó a decir una palabra. El silencio marcó los primeros segundos de la visita. Me tomó de la mano, abrazó mi tórax y me plantó un alargado y apasionado beso.

Yo le correspondí y tras alejarnos la invité a pasar.. Ella entró y dejó su cartera jean en la mesa del comedor.

Pasó a la sala y se sentó en uno de los sillones más grandes. Me acerque con prudencia, bajé el volumen de la música y me senté a su lado. Le pregunté si deseaba algo y me respondió que a mí.

Abalanzó sus brazos a mi espada y nos besamos por segunda ocasión. Ella posó sus manos en mis muslos y empezó a masajearlos lentamente. Cerró los ojos y nos tumbamos sobre el sillón.

Ya sobre ella, empecé a besar su oreja y cuello. Mi lengua recorrió su pecho y alcanzó a rozar por en cima de la blusa uno de sus pezones. Estaban duros.

Ella empezó a retorcerse de placer. Guió sus manos por mi culo y empezó acariciarlo. Mientras tanto, con mis manos bajé los tirantes de su blusa y empecé a morder sus hombros, yo sabía que ese era uno de sus puntos de mayor excitación.

El cruce de miradas, besos y caricias duró un par de minutos. Carmen se incorporó y me empujó hacia el respaldar del sillón. Puso su mano sobre el cierre de mi pantalón y se arrodilló frente a mí. Se despojó de la blusa y pude observar esos pechos redondos. Parecían dos volcanes revestidos de color rozado con cumbres de tono café oscuro a punto de erupcionar.

Dirigió su mirada hacia mi correa para el seguro del pantalón. Abrió con violencia el cierre y bajó el pantalón hasta la altura de mis rodillas. Para entonces mi pene estaba apunto de explotar.

Arregló su cabello hacia un lado y dio unos ligeros besos en mis testículos. Con un mano empezó hacerme una paja mientras con la otra recorría la raya de mi culo. Me miró y me preguntó si me gustaba, yo apenas atiné a decirle que si. Acto seguido puso de forma vertical mi pene y se lo metió en la boca.

Su lengua subía y bajaba por mi miembro, se lo chupaba como si fuera uno helado. Yo sentía como si mil hormigas caminaban ese momento por mi glande. Fue maravilloso. Tome su cabello y la separé de mi pene. Me dirigí a sus
labios y la besé, como aprobando y agradeciendo la mamada que me había propinado.

La incorporé y besé sus pechos y estómago. Volví a bañar con mis labios sus pechos mientras desabrochaba su pantalón blanco. Lo bajé con dificultad. Estaba tan apretado a sus piernas que apenas con su ayuda pude deshacerme de
él.

Ella gimió por primera vez.  se retorcía del placer, yo no dejaba de besar sus pezones y de acariciar su trasero. Cuando me libré del pantalón quedó al descubierto una tanga gris, que yo no había conocido antes.

Me dijo al oído que la había comprado exclusivamente para enseñármela y eso me calentó aún más.    No importó el regalo y se la quité. Su bello púbico era pelirrojo y abundante. Ella subió al sillón y puso su vagina entre mis ojos. Yo la tomé del culo y la lleve hacia mis labios.

Empecé a besarla. Ella se movía como su la penetrara. Luego de unos minutos ella se sentó sobre mi, buscó mi pene y se lo metió en su vagina. Yo no dejaba de mamar sus tetas. Ella saltaba como si cabalgara a un semental. La tome de la piernas y la tumbe sobre el sofa. Tome mi pene y se lo penetré por segunda ocasión. Ella se tomaba el cabello y gritaba de placer.

Justo antes de terminar saltó de mi mis piernas y besó mi pene. Se tragó todo el semen que traía. Que quitó los pantalones. Tomó mi mano me guió hasta mi habitación. Allí la historia fue otra. Pero eso se los contaré en otra ocasión.

 


 

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