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Secundaria ardiente

La semana pasada, otra vez me estaba mirando… Jeje, no podía apartar sus ojos de mi boca y mis brazos ni por un minuto. Hay muchas chicas en el curso, pero no, él es uno de los míos. Yo sé cómo le gusto y a mí me gustaba provocarlo, aunque era sólo por diversión, ya que es un tonto de categoría “A”. La profesora se esfuerza en sacarle alguna vez una respuesta correcta, pero es imposible. Él sólo se fija en mí y sólo cuando yo me intereso en un tema se hace pasar por estudioso. Qué mal le sale…. Jajajaja. Ese día estaba más fuerte que nunca, como si no se hubiera pajeado en una semana y yo estaba igual: tenía muchas ganas ya de concretar en algo, porque ye terminaban las clases, pero seguiría divirtiéndome un rato. En el último recreo del día (voy a sexto año del secundario, a la tarde), me senté en el patio con vista al parque y en un momento pasaron unos jugadores de rugby en cuero, entrenándose, con esas piernas duras y peludas, esa transpiración que les secaría con la lengua, y el bello de los pechos al aire libre. Ahhhh, me calenté a full… y por ahí estaba Marcos, el que me persigue, haciéndose el canchero con sus amigos los jugadores. Sí, Marcos es jugador de rugby de un club de la zona y cuando sus compañeros pasan por el parque no pierde la oportunidad de presumir junto a ellos frente a todo el cole. Es además, un moreno de pelo corto y negro, con ojos igualmente oscuros y un físico que dan ganas de saborearlo de sólo verlo, con esos dieciocho años que tiene. Yo, dicho sea de paso, tengo el pelo corto y rubio, ojos claros, musculatura muy desarrollada (necesaria para hacer los deportes extremos que practico) y dieciocho años recién cumplidos!!!
La última clase, antes del fin de la jornada, era de literatura. A nadie le interesaba lo que el profesor decía, incluso a mí, a diferencia de la mayoría de las veces. Me senté atrás de todos, lejos de las miradas inoportunas, al lado de Marcos. Pese a que nunca le di bola en sus obvias pretensiones de acostarse conmigo, soy su amigo ocasional… Jajaja, ocasionalmente a uno le agarran ganas de divertirse, no? Al cuarto intento de sacarme conversación, luego de que el profe le haya exigido silencio cada vez, yo llevé mi dedo índice a mi boca, en señal de que se callara. Inmediatamente, bajé el dedo y me puse a juguetear con mi collar, siempre mirándolo de reojo. Bajé más mi mano, pasando por mi pecho, mi panza y llegando hasta mi entrepierna. En ese instante, mordí suavemente mis labios carnosos y mis ojos azules imaginaron a mi compañero desnudo, en el vestuario de su club de rugby, pajeándose. Me calenté a no mas dar y empecé a tocarme la pija disimuladamente, contorneándola y apretándola por sobre el jean… Se me había puesto tan dura que Marcos podía ver cada uno de los diecinueve centímetros que la hacen. Él estaba rojo como un tomate, y con sus ojos abiertos como si hubiera visto un fantasma. Lo oía jadear suavemente con mis movimientos, y la excitación de hacer eso en el medio de una clase, a escondidas del enrome curso, lo impulsó a tocarse igual que yo, aunque con más timidez. Bueno, los que me conocen en la cama dicen que soy “lo más opuesto a la timidez”!!! Estuvimos como diez minutos así, moviéndonos, tocándonos la cabeza y en ocasiones repetidas las pelotas, en silencio, cuidadosamente. Finalmente tocó el timbre y todos se apresuraron en salir. Menos él y yo, que nos demoramos apropósito para tener el curso para nosotros. Por ser de sexto año somos el último curso en salir, por lo que sólo quedaban los directores, en la planta baja, que se demorarían media hora hasta cerrar todo. Nunca nadie iba al primer piso al toque de timbre. Nos fuimos, de todas formas, al laboratorio del colegio… de donde yo tenía una llave por ser buen alumno. Buen alumno, sí; santo... no. Caminamos a hurtadillas hasta esa sala, también en el primer piso y a medida que nos acercábamos nos pellizcábamos la cola y tocábamos la pija. No dábamos más de la calentura y teníamos poco tiempo, así que nos apuramos en llegar. Una vez ahí, apenas cerré todo agarré a Marcos y lo empecé a besar, nos transamos mientras nos apoyábamos una pija con la otra. Nos manoseamos el pecho, le pasé la lengua por sus tetillas. Entre sus gemidos le desabroché el cinturón y bajé la cremallera. Sin sacarle el pantalón le saqué afuera una pija de perfecto tamaño, deben haber sido dieciocho centímetros, y ahí empezó mi magia! Primero jugué con mi lengua en su cabeza, limpiando las viscosidades que largaba de a poquito, después le hacía la paja mientras le chupaba los huevos desesperadamente. Se notó que eso le gustó tremendamente, ya que me puso sus manos en el cuello y empezó a hacer fuerza contra sus huevos. Si hay algo que les desespera a los hombres es mi colita y que se las chupe. Después pasé a su pija entera, rápido, con movimientos de mi cabeza y con una mano en su panza y la otra en sus huevos. Pese al placer que le daba se notaba que estaba nervioso, así que llevé una de mis manos a su cola y lo empecé a mover, incitándolo a que se moviera solo, para que tuviera la mente totalmente ocupada. Entendió mi intención y en un segundo estaba él moviéndose con fuerza, dejándome quedarme quieto. Lo hacía muy bien, como si me estuviera penetrando por la boca… Estábamos a full y yo ya no aguanté más. Me paré, me bajé el pantalón y el boxer blanco y me agarré la pija. Él se agachó y me la empezó a chupar. Le faltaba un poco de motricidad, era un tonto que presumía demasiado de sí mismo, pero la verdad que me calentaba al máximo verlo a él chupándomela. En el laboratorio, en medio de tubos de ensayo y con una débil luz blanca de fondo, nos estábamos agotando los últimos catorce minutos. Lo levanté y me acerqué a un escritorio, apoyé mis manos sobre el mismo, mostrándole mi colita perfectamente dura y mis piernas ligeramente peludas. Él se me acercó y me la apoyó; me gustó su forma de jugar. Puse saliva entre mis manos y lo ayudé a que me penetrara. Pasó de golpe toda y eso me hizo hervir del placer, ya que estoy acostumbrado! Lo incité a que lo hiciera más fuerte y así lo hizo. La ponía muy bien y yo le mordía los dedos mientras. En un momento me preguntó si me gustaba y yo le respondí haciendo mi cabeza hacia atrás y dándole un beso de lengua, con el cuello torcido, mientras él me seguía sacando y poniendo, de tal manera que sentía el golpe de sus pelotas en mi cola. Noté en su respiración que estaba por volcar, la sacó a tiempo y me di vuelta ágilmente… acabó justo sobre mi pija, cuatro largos lechazos que lo hicieron extasiar. Esos movimientos finales me pusieron más loco todavía. Marcos hizo un rápido amague para vestirse, pero yo lo agarré del brazo y lo puse contra el escritorio. Sabíamos que sólo tenía siete minutos, pero decidí confiar en la impuntualidad de los directores que se quedaban. Lo levanté y lo acosté mirando hacia arriba sobre la mesa de ensayos. Me acerqué a él parado y apoyé sus pies en mis hombros, para después apoyarle mis bolas en ese orto precioso y lampiño que tenía. Rápido, comencé a meter la cabeza, toda empapada de su leche. Lo hice suavemente, quizás esta era la primera vez de Marcos. Jajaja, supongo que no hace falta aclarar que mi primera vez había sido hacía tiempo ya!!! La cuestión es que a mi chico le encantaba y me decía unos “sí…” en susurros que me hacía automáticamente aumentar la velocidad. No conté los segundos, los disfruté, y disfruté cada expresión que hacía él, en especial cuando se sacó brutamente la remera. Lo veía morder sus labios y tocarse las tetillas e incluso la pija. Se la puse tan velozmente como pude, sin parar para que fuera más rápido y empecé a sentir que estaba por volcar… Saqué la pija y le volqué todo, todo, todo, en esa colita que ya me había sentido. Acabé como un caballo, y después me agaché y le limpié con la lengua mi propia leche, caliente todavía, en el medio de su cola. Le lamí hasta que no quedara nada y tragué todo. Después lo besé con fuerza…
La puerta del colegio, sí, ese sonido era de la puerta del colegio, lo que significaba que nos estaban dejando y, peor, que ya habían activado la alarma!!! Teníamos cuarenta segundos para vestirnos y bajar a gritarles que volvieran. Yo abrí como un relámpago la puerta y salí corriendo, me fui abrochando el pantalón en el camino. Escuchaba a Marcos decir desesperado que no encontraba su remera, la cual había revoleado cuando se la sacó. El colegio entero estaba en penumbra y yo tenía que llegar a la planta baja en cuestión de, ya, menos de treinta segundos. Pero conozco mejor que mi casa ese colegio, bajé las escaleras de a cuatro peldaños, atravesé un largo pasillo corriendo con mis habilidades atléticas y llegué a la puerta principal. La golpeé con fuerza y le grité a quien parecía ser la portera, que se encaminaba a su auto. La mujer era muy amistosa conmigo, por lo que pese a su vejez, corrió asustada a abrirme y se dirigió apurada como si la persiguiera la muerte hasta la dirección, donde finalmente desactivó la alarma… Quedaban cinco segundos hasta que se encendiera. Pronto, yo tendría que inventar que nos había demorado un trabajo de literatura.
A mitad del pasillo divisé a Marcos, con su remera puesta al revés.


 

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