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Primer amor

Quiero decirles que soy gay, aunque por conveniencias sociales, y para guardar las apariencias, me casé con una mujer. Pero ahora les voy a contar acerca de mi primer enamoramiento con un hombre.

En las horas en que no trabajaba, acostumbraba ir a sentarme a la sombra de los árboles del parque, pues aunque no es un lugar precisamente para homosexuales, se comenta que es un lugar frecuentado por gente gay que quiere ligar, y a donde acuden principalmente mayates. Me senté en una de las bancas para leer una revista.

Después de un rato, levanté la mirada y descubrí, como a diez metros, un cuerazo. Yo me cubrí el rostro con la revista, para poder admirarlo a mis anchas por encima del borde de la revista. Era muy bello y varonil, pero en muy poco tiempo se dio cuenta de que lo observaba y me sostuvo la mirada. Me preocupé, pues pensé que se había molestado, por lo que continué viéndolo con timidez.

Él continuó con la vista fija en mí, por lo que decidí ya no verlo más. Poco después, él estaba parado frente a mí. Como me suele pasar, mi miedo aumentó, pues no podía creer que tenía tan cerca a un cuerazo, como el que tenía justo a unos centímetros, interesado en mi persona. Lo veía de cerca, comprobando lo bello que era, embrujado por el verde de sus ojos. Escuché su voz:

-¿Qué lees? ¿Me prestas tu revista?

Olvidándome que tenía que trabajar, no quise perder la oportunidad de estar un rato disfrutando de la compañía de ese mangazo.

Me enteré que era del estado de Guerrero, pero no de Acapulco, sino de Chilpancingo, y radicado en Toluca. Nos despedimos, prometiendo escribirnos, para lo cual intercambiamos direcciones, ya que deseábamos continuar con
nuestra incipiente amistad.

Ese mismo día, me puse a escribirle, diciéndole todo lo que no me atreví a decirle personalmente y de cuánto me había impactado. Pronto recibí contestación y lo que me decía fue muy agradable.

Así iniciamos nuestra relación por correspondencia, hasta que un día hicimos una cita en Chilpancingo, ya que yo tenía asuntos que atender en esa ciudad.

Fuimos puntuales y recorrimos algunos lugares en los que, según me dijo, había soñado andar conmigo, habiendo terminado el recorrido en su casa. Me invitó a pasar a su recámara, donde me senté en el borde de su cama.

Entiendo que no fuimos nada románticos. Me dijo que quería conocer mi cuerpo al desnudo, por lo que ambos nos desnudamos y nos fundimos en un fuerte abrazo. Su cuerpo era delgado, pero armoniosamente marcado. Su hermosa
verga, con la base poblada por unos vellos que no eran negros, pero que resaltaban por la blancura de su piel, y unos huevos que parecían dos racimos de fruta, esperando para ser llevados a mi boca.

Lo enlacé por la cintura, acariciando sus pequeñas pero bien formadas nalgas, al tiempo que nos besábamos, mientras que nuestras vergas erectas sostenían una violenta batalla. Yo sentía el dulce dolor de sus embestidas, mientras su duro miembro me golpeaba. Era un juego brusco, pero agradable.

Recuerdo bien su comentario, de que le agradaba ver cómo nuestros bigotes se unían al besarnos, y lo curioso que le parecía ver es que éramos dos hombres hechos y derechos, prodigándose caricias, lo que le daba más sabor a nuestro
encuentro.

En eso estábamos, cuando escuchamos que alguien tocaba la puerta. Dijo que nos vistiéramos de inmediato, y me llevó casi a rastras a la sala, obligándome a sentarme, mientras él se dirigía a la puerta. Ante la insistencia de los toquidos, abrió, y apareció en el marco una bella mujer, que resultó ser su hermana. Cuando, titubeante, me la presentó, ella ni me peló y, muy enojada, casi nos golpeaba, haciendo preguntas acerca de mi presencia. Afortunadamente, hoy me doy cuenta de que mientras más acoso tenemos de la familia, más hábiles somos para mentir y para hacer de las nuestras, aunque sea a escondidas, así que, dando una explicación que no sé si ella la creyó, nos salimos y me llevó a la terminal camionera.

El autobús tardó en salir, y todo el tiempo estuvo Josué conmigo, llenándome de atenciones para hacerme agradable la espera de casi una hora, tiempo que se me hizo un suspiro en tan grata compañía.

Cuando el autobús partió, seguimos viéndonos hasta perdernos de vista en la lejanía. Entonces lancé un suspiro de tristeza, dándome cuenta que desde el inicio de nuestra relación por correo, lo quería. Era un excelente chico, estudiante de medicina en Toluca, que estaba de vacaciones en su tierra natal, acosado por su familia, la cual presentía acerca de sus preferencias
sexuales, y no porque fuera obvio, sino porque, según ellos, tenía puras amistades ‘raras’, y querían comprobar sus sospechas agarrándolo con las manos en la masa. Sus hermanos eran militares de carrera y prácticamente lo tenían amenazado. Él les tenía pavor y, quizá por eso, no lograba aceptarse como gay.

No le creía que nunca antes hubiera estado con un hombre, que tenía novia y que pensaba casarse. Muchas veces manifestó arrepentimiento por lo que hicimos, y creo que yo andaba en las mismas condiciones. Quizá por eso nos entendimos. Pasado el tiempo, nuestra relación continuó y él empezó a buscarme en Acapulco, en mi trabajo, en el club, incluso en mi casa.

Las cosas se complicaban, y en una ocasión en que estuvo conmigo toda la tarde en el club, se presentó su mamá poco después, preguntando si había estado conmigo. Urdimos una mentira que nos libró de un mal rato. En realidad no sé si creería lo que le dijimos.

No sé cómo pude mentirle a mi esposa para irme con él casi por todo un mes a Toluca. Recuerdo que el trayecto de la ciudad de México a la de Toluca se me hizo muy largo, pero cuando llegamos a la habitación del hotel, inmediatamente nos lanzamos uno en brazos del otro, dándonos un prolongado beso. No teníamos prisa, pues me iba a quedar un buen tiempo con él. Y, finalmente, nuestra primera relación llegó, como llega toda noche de bodas, recompensando nuestros esfuerzos.

Poco a poco, lo fui despojando de su ropa. Antes de desabrocharle el cinturón, le besé el bulto que se le veía en los pliegues de su bragueta, y le di una suave mordida sobre la ropa, para después bajarle el cierre y sacar el babeante miembro. Lo tomé con las manos, como un rico manjar, y empecé a saborear la cabeza, para continuar con el resto. Bajándole el
pantalón, me arrodillé para seguir chupando ese rico pedazo de carne que quería tragarme, pero no me dejó.

Tomándome en sus brazos, me llevó a la cama. Sabía que al fin se consumaría nuestra unión, pues todo había sido como un noviazgo.

Ya en la cama, me puso boca abajo y empezó a besarme todo el cuerpo, hasta llegar al ano. Después de chuparme las nalgas, empezó a recorrer, poco a poco, el canal con su lengua, metiéndola y sacándola a intervalos, y me lubricó con su rica saliva, dándome placeres casi desconocidos. Era la segunda vez que en mi vida me chupaban el ano.

Después de este preámbulo, se me echó encima y empezó a encajarme su verga en mi hoyito, haciéndome ver luces de colores, para continuar con un rico mete y saca.

Luego me puso de lado y abrazándome, o más bien empiernándome, siguió con sus ricas embestidas, que yo sentía que me llegaban hasta el estómago, cuando sus huevos chocaban con mi trasero, para después sentarme montado en él, que estaba boca arriba, haciéndome subir y bajar, como si fuera el trote de un caballo, hasta sentirme inundado por los chorros de su leche. Antes de desensartarme, me vine, bañándole el abdomen con mis jugos.

Todo ese mes anduvimos como zombies, pues por las noches cogíamos y en el día repetíamos. Nunca he conocido un hombre con tanta capacidad para coger como él. Yo andaba todos los días como si me hubieran dado una golpiza.

Durante todo ese tiempo, hubo mucho sexo, pero también hubo mucho amor. Amor que me costó lágrimas cuando la relación terminó.


 

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