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Passión aroma a straight 2

Como les había contado antes, después de lo que pasó en el baño no logré encontrar a Matías y no lo vi hasta la semana siguiente en clases. Cuando llegué a clases ese día, él ya estaba ahí. En realidad me daba susto y no sabía qué reacción podía tener al verme. No me le acerqué, ni él a mí. El asunto es que en toda la mañana no nos topamos, yo lo miraba de reojo de vez en cuando para que no se diera cuenta y presentía que él también me observaba, aunque no estaba del todo seguro. A la hora de almuerzo no lo vi, yo estaba con mis amigos pasando el rato, descansando de las clases... De repente tuve que ir al baño. Cuando entré no había nadie, al parecer todo el mundo andaba almorzando y no había nadie en
los alrededores. Y fue cuando me disponía a salir que lo vi. Ahí estaba, en la entrada del baño, mirándome como un asesino ve a su víctima, con rabia, aunque sus ojos decían otra cosa. Ay, Matías... estaba vestido con su estilo de siempre. Una camisa blanca impecable, pantalones negros y unos suspensores que caían acompañando las cadenas que colgaban de su cintura. Su camisa estaba entreabierta y dejaba ver su pecho, ese mismo que recién hacía una semana había pellizcado mientras me retorcía tirando leche en su culo. Su entrepierna lucía incómoda, apretada entre tanta tela, con un bulto
redondo que de sólo verlo me hacía salivar y sentir su olor, su glande en mi garganta y sus vellos rozando mis labios.
De pronto se me acerca. Yo inmóvil, no podía hablar ni quería hacerlo tampoco. Lo único que conseguía era seguir pensando en su carne, en su sabor a hombre. Me miraba fijamente a los ojos y yo sentía su placer, imaginaba sus gemidos, su orgasmo en mi interior. Con fuerza tomó mi mentón y lo acercó hacia él. Quedamos mirándonos frente a frente, nuestros labios ya se podían sentir, podía palpar su respiración y sentir como se agitaba y se volvía más cálida. Me habló fuerte y dijo: “Mira maricón, lo de la semana pasada nadie lo puede saber, ¿entendiste? Y si ya le contaste a alguien, te voy a sacar la mierda. Esa wea pasó porque me obligaste, te aprovechaste de que estaba curao. No me vay a volver a tocar sin que te dé permiso. Ahora soy tu amo, perra”. Dicho eso, me acercó de golpe a su boca y me penetró con la lengua hasta la garganta. Luego fue turnando lengüetazos con mordiscos, me mordía los labios y metía su lengua más y más al fondo. A todo esto, no
habían pasado más de cinco minutos, cuando sentimos un ruido de alguien que se acercaba. Efectivamente, entró un tipo al baño. Matías me soltó y el tipo no se dio cuenta de nada. Se lavó las manos rápidamente y salimos del baño. Afuera me tomó el cuello y me dijo: “Acuérdate que de esto a nadie. Yo no soy un maricón como voh y no quiero que piensen eso porque me junto contigo que eres una perra maraca. En la tarde, después de clases, quiero que te vayas a mi casa, pero sin que nadie se dé cuenta, ni siquiera te acerques a mí, ándate solito. Ahí está la dirección”. Y me pasó un papel bien doblado.
Siguió insistiéndome en que no le dijera a nadie y que si no iba él ya se iba a encargar de encontrar la forma de castigarme, pero me adelantó que dolería mucho. Con esto a mí ya me daba miedo, quizás con qué loco me estaba metiendo. Pasé
toda la tarde pensando si iba o no. Finalmente, decidí ir. Si no iba, él realmente me podía hacer algo. El problema es que si iba, tampoco podía estar seguro, mal que mal iba a estar en su casa y probablemente los dos solos.
No me costó mucho llegar, conocía un poco el barrio. Era una casa muy grande, toqué y él respondió el citófono. Abrió un portón automático y entré. Pasé por un jardín muy grande que terminaba al fondo con una piscina muy linda. No se veía nadie. De repente empieza a ladrar un perro, y veo que lejos se viene corriendo hacia mí un pastor alemán enorme. Ahí sí tuve miedo, pensé que todo era una trampa, que ésa sería su venganza, que dejaría que el perro me comiera. De pronto, aliviado oí: “Thor!!”. Era la voz de Matías, no había duda de ello. El perro detuvo su frenética carrera hacia mí y se devolvió en dirección a la piscina, desde donde al parecer venía el llamado. Al perro ya no lo vi más, supongo que entró a la casa (que estaba más allá de la piscina). Caminé lentamente, listo para poner marcha atrás a toda velocidad si es que veía al can de nuevo. Pero el camino parecía despejado, así que de a poco me fui calmando y andando más confiado. Llegué a la piscina. Era hermosa, con un fondo pintado de negro y unas luces tenues que parecían flotar y hundirse a veces. Me concentré en eso, mirando el agua transparente, el fondo negro y las luces... casi no me di cuenta cuando frente a mí, desde el otro lado de la piscina, escuché su voz: “Me alegra verte perrita. Ahora sí vay a saber lo que es bueno”. Miré hacia el
frente y me encontré con una de las visiones más eróticas que puede tener un gay. Ni en mis mejores fantasías había imaginado así a este hetero magnífico. Las suaves luces de la piscina lo iluminaban desde los pies. Los suaves vellos de sus piernas brillaban en las puntas y parecían flotar sobre su piel. Su pelo se veía recién lavado, húmedo, liso y aparentemente suave, rozando ligeramente sus hombros. Bajo el cuello y entre sus tetillas caía una hilera de pequeños vellos que se notaban muy rubios por la suave y escasa luz que les llegaba, vellos que seguían por su torso hacia su ombligo y que poco a poco se iban abriendo para dar lugar a una maravillosa mata de vello púbico. Sí, amigos, Matías estaba perfectamente desnudo frente a mí... sólo nos separaba una piscina de luz tenue. Su pene emergía entre sus vellos, glorioso, grueso y caía con la misma majestuosidad entre unas bolas también pobladas de vello, con un precioso y abundante escroto, lo que les daba un exquisito y leve vaivén. Sus ojos apenas se lograban ver, traté de mirarlo a la cara y me pareció notar un esbozo de sonrisa. Dio la vuelta a la piscina, yo seguía inmóvil. Llegó hacia mí y tomándome fuertemente de los hombros, me empujó hacia
abajo, dejándome a la altura de su hermosa herramienta. “Chúpame el pico, perra. Lámelo y trágatelo. Lo vas a chupar y te vas a tragar todo el semen. Me vay a hacer gozar como loco toda la noche, perrita. Yo soy tu amo ahora y tú, mi esclavo. Chúpalo rico, te encanta, así...” Yo ya estaba mamando hacía rato su verga, no era necesario que me obligara. Él gemía y se movía de adelante a atrás, provocando un ir y venir de sus bolas que chocaban contra mi mentón. Cada vez más rápido, penetraba mi boca con ese pene que no paraba de crecer. Mientras más entraba, lo sentía más gordo y más largo, parecía
que nunca iba a llegar a su pubis. Era exquisita esa sensación, tener su pene en mi boca, verlo entrar y salir, sentir sus bolas chocando en mi mentón, la suavidad de su glande en mi lengua y cómo su prepucio acariciaba mi paladar. Por fin llegué a sentir sus pelos en mis labios, tenía su glande pasando mi garganta. Estaba hambriento de su pene, lo comía con gula, se lo
chupaba, lo lamía, me lo tragaba, mamaba sus bolas, ufff!!! Estaba en la gloria, amigos. Matías ni se veía acabar, estaba de lo mejor aún, bombeando como loco y gimiendo. No hablaba nada ahora, yo podía escuchar su respiración agitada, veía su pecho sudar y sentía gotas de sudor en mi frente, no sé si mías o suyas. Mientras lamía su glande y metía mi lengua en
su meato, me mojé un dedo con saliva y comencé a pasarlo en su entrepierna, justo entre el ano y las bolas. Ustedes bien han de saber que ningún hombre se resiste a una caricia húmeda en ese lugar. Pasé suavemente el dedo, recorriendo desde el final de su ano hasta el comienzo del escroto. Podía sentir su humedad, el sudor bañaba su entrepierna, de su ano parecía salir líquido, como si se estuviese preparando para recibir algo bueno. Matías dio un aaaaah de placer y rápidamente me dijo: “Ni pienses que hoy día me vas a tener de nuevo, perra. Aaaaahh!! Eso está bueno, pero no me toquí el culo o
hasta ahí nomás llega mi paciencia contigo”. Yo seguía pasando el dedo, con más fuerza y más rápido, él sudaba cada vez más y gemía con mayor frecuencia. Mientras recorría su entrepierna con mi dedo, seguía comiéndome su penca gruesa, que también estaba húmeda y ya comenzaba a chorrear con las primeras gotitas de precum. De pronto, decidí atreverme, me dejé llevar por la calentura y no hice caso a sus advertencias. Mi dedo lubricado ya por mi saliva y su sudor, lo enterré de golpe en su hoyo, se lo metí entero, hasta el fondo. Matías dio un alarido, echó su cabeza hacia atrás velozmente y metió de golpe su pico entero en mi boca, dejando su glande en el fondo de mi garganta, que empezó a lanzar chorros de leche caliente. Matías gritaba, se retorcía y agarraba mi cabeza, haciendo que me tragara su verga completa. Mi nariz estaba enterrada en su pubis, respiraba en sus vellos, sintiendo su olor a macho, su transpiración y su éxtasis. Mi dedo seguía enterrado en su culo y él seguía ahogándome con un rico semen suave, tibio, abundante. Cuando terminó de eyacular y gemir a gritos, saqué mi dedo de su hoyo y me empujó fuertemente hacia atrás. Caí en el pasto, se agachó y me dio una bofetada. Lo único que dijo fue: “te lo advertí”. Acto seguido, entró en la casa. Habrían pasado unos cinco minutos y yo seguía tirado en el pasto, sin poder reaccionar de tantas cosas juntas: la bofetada, el sexo oral maravilloso que había hecho recién, el estar en una casa desconocida con un hombre homofóbico dispuesto a tener sexo gay... era todo muy loco y me costaba
entenderlo, actuaba más bien por el placer que me provocaba todo. Estaba en esas cuando salió de la casa, todavía desnudo, intacto, pero ahora con su verga bien tiesa y parada. Me dijo: “Empelótate weon, te quiero ver desnudito. Y métete a la piscina conmigo, que te voy a hacer gozar como nunca puta culiá”. Yo ya me estaba cansando de ese vocabulario, a nadie le gusta que lo traten así, pero ver esa pichula durita frente a mí me hizo olvidar rápidamente sus palabras. Se tiró a la piscina y me esperó ahí, mirándome. Yo me paré del pasto y comencé a desnudarme. Ya estaba oscuro y hacía un poco de frío, así es que traté de hacerlo lo más rápido posible. Él no paraba de mirarme, parecía que le excitaba ver cómo me quitaba la ropa. Cuando me saqué los calzoncillos, mi pene saltó durito, a lo que él inmediatamente exclamó: “Uy, ¿se le paró la pichulita mi amor? Te vay a tener que correr la paja nomás porque hoy me toca a mí el placer”. Sin decir nada en respuesta, me lancé a la piscina. Quedé de frente a él, mirándolo a los ojos. Comenzó a acariciarme los labios con dos de sus dedos y luego los metió, recorría toda mi boca con sus gruesos dedos, mientras me seguía
diciendo obscenidades y con su otra mano agarraba mi cabeza fuertemente por la nuca. Sus dedos se paseaban por mi lengua, llegaban hasta casi mi garganta; yo trataba de evitar sentir náuseas, respiraba profundo por la nariz, eso a él le gustaba más, se notaba que le excitaba ver que yo jadeaba con sus dedos en mi interior. Hasta que los sacó y me dio un beso caído directamente del cielo, su lengua era un manjar, acariciaba toda mi boca por dentro, me lamía con fuerza, mordía suavemente mis labios y seguía penetrándome más y más con ese manjar. Apretaba su cuerpo contra el mío y podía sentir como su pene se enterraba en mi entrepierna, rozando mis bolas con su dureza y calor. De pronto me levantó, dejando mi torso fuera de la piscina. Me acostó en el borde de la piscina, de modo que mi culo quedó frente a su rostro. Ahí
comenzó lo mejor de la noche. Lenta y suavemente comencé a sentir su manjar de lengua pasando por mi ano. La movía en círculos y entraba en mi hoyo, siempre con suavidad. Echaba saliva y metía cada vez más adentro su lengua. Luego comenzó a bajar y ya no era sólo mi hoyo lo que estaba chupando, sino que su lengua ya había alcanzado mis bolas, pero muy sutilmente. Cuando me dio una lamida en los testículos, inmediatamente me estremecí y él se detuvo, volviendo a sus quehaceres en mi ano ya un poco dilatado. Esta vez siguió más fuerte, su lengua entraba con fuerza, rozando mis paredes anales rápidamente. Luego puso un dedo, luego dos, tres y hasta cuatro. Yo sólo gemía y pedía a gritos que siguiera así. Él ya no hablaba, estaba concentrado en penetrar mi ano con sus dedos firmes. Los metía y los sacaba con rapidez, yo estaba hirviendo, ya deseaba sentir su verga en mi culo, partiéndome en dos. Hasta que se decidió y me arrastró de golpe hacia el
agua. Me sumergió completamente, luego me levantó tomándome de las caderas y me enterró el pico en el hoyo con una brutalidad increíble. Sentí su glande en mi estómago. Me penetró hasta el fondo con mucha fuerza, mi ano se abrió
con rapidez dando paso a aquel monstruo de carne que quería recorrerme entero y lavarme por dentro con su líquido blanco y espeso. Echó marcha atrás con lentitud, sentía como raspaba las paredes de mi ano con su verga y de pronto, ahí estaba adentro de nuevo, hasta el fondo. Siguió así, bombeando cada vez más rápido. El agua se movía y se hacían como olitas a
nuestro alrededor. Sentía como si me entraran burbujas en el culo junto a su mástil tieso, enhiesto, listo para horadarme hasta lo más profundo de mi cuerpo. Siguió penetrándome, cada vez con más fuerza y violencia, parecía no cansarse ni un poco. Sacó las manos de mis caderas y las puso en mi cabeza; me agarraba del pelo mientras me culiaba y me gritaba obscenidades; y literalmente, ¡me gritaba! Me decía: “Mi puto rico, por fin te tengo como siempre había querido. Te voy a reventar el orto con mi pichula gruesa. ¿Te gusta así? ¿Así, maricón? ¿Te doy más fuerte, putito? Me encanta tu poto
tragándose mi pico. No me voy a cansar nunca de metértelo en la raja, maraco”. Yo no ponía atención a sus ofensas, sólo estaba disfrutando de esa culiada bestial que estaba recibiendo del straight más straight que había conocido. Luego de unos veinte minutos, ya me estaba cansando en realidad. Pero él seguía. Hasta que me lo sacó con rapidez y hundió mi cabeza bajo el agua. Por suerte alcancé a darme cuenta que me iba a sumergir y tomé algo de aire antes. Me hundió fuertemente, me dio vuelta y me encajó su verga hirviente en mi boca. Estaba realmente muy caliente y se sentía húmeda, por el agua de
la piscina y la penetración que acababa de realizar. Fue de una sola vez, me metió la pichula hasta la garganta y comenzó a derramar su semen en mí. Aunque estaba bajo el agua, podía escuchar sus gritos y su cuerpo se estremecía, temblaba entero, mientras su monstruo seguía escupiendo oleajes de leche blanca y caliente en mi boca. Y yo, por supuesto, me bebía todo como niño bueno, mientras apretaba fuerte sus nalgas suaves con mis manos, como intentando que su pene llegara más profundo en mí. Salimos de la piscina y me llevó al interior de la casa, hasta un baño. Lo que pasó ahí y en el resto de la noche, se los contaré en la tercera parte de mi historia. Cuéntenme sus experiencias con mi relato, qué hicieron, cómo lo leyeron. Eso y cualquier comentario o sugerencia en: cobayo_de_los_andes@hotmail.com

 

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