| Como les había contado
antes, después de lo que pasó en el baño no logré
encontrar a Matías y no lo vi hasta la semana siguiente en clases.
Cuando llegué a clases ese día, él ya estaba ahí.
En realidad me daba susto y no sabía qué reacción
podía tener al verme. No me le acerqué, ni él a mí.
El asunto es que en toda la mañana no nos topamos, yo lo miraba
de reojo de vez en cuando para que no se diera cuenta y presentía
que él también me observaba, aunque no estaba del todo seguro.
A la hora de almuerzo no lo vi, yo estaba con mis amigos pasando el rato,
descansando de las clases... De repente tuve que ir al baño. Cuando
entré no había nadie, al parecer todo el mundo andaba almorzando
y no había nadie en
los alrededores. Y fue cuando me disponía a salir que lo vi. Ahí
estaba, en la entrada del baño, mirándome como un asesino
ve a su víctima, con rabia, aunque sus ojos decían otra
cosa. Ay, Matías... estaba vestido con su estilo de siempre. Una
camisa blanca impecable, pantalones negros y unos suspensores que caían
acompañando las cadenas que colgaban de su cintura. Su camisa estaba
entreabierta y dejaba ver su pecho, ese mismo que recién hacía
una semana había pellizcado mientras me retorcía tirando
leche en su culo. Su entrepierna lucía incómoda, apretada
entre tanta tela, con un bulto
redondo que de sólo verlo me hacía salivar y sentir su olor,
su glande en mi garganta y sus vellos rozando mis labios.
De pronto se me acerca. Yo inmóvil, no podía hablar ni quería
hacerlo tampoco. Lo único que conseguía era seguir pensando
en su carne, en su sabor a hombre. Me miraba fijamente a los ojos y yo
sentía su placer, imaginaba sus gemidos, su orgasmo en mi interior.
Con fuerza tomó mi mentón y lo acercó hacia él.
Quedamos mirándonos frente a frente, nuestros labios ya se podían
sentir, podía palpar su respiración y sentir como se agitaba
y se volvía más cálida. Me habló fuerte y
dijo: “Mira maricón, lo de la semana pasada nadie lo puede
saber, ¿entendiste? Y si ya le contaste a alguien, te voy a sacar
la mierda. Esa wea pasó porque me obligaste, te aprovechaste de
que estaba curao. No me vay a volver a tocar sin que te dé permiso.
Ahora soy tu amo, perra”. Dicho eso, me acercó de golpe a
su boca y me penetró con la lengua hasta la garganta. Luego fue
turnando lengüetazos con mordiscos, me mordía los labios y
metía su lengua más y más al fondo. A todo esto,
no
habían pasado más de cinco minutos, cuando sentimos un ruido
de alguien que se acercaba. Efectivamente, entró un tipo al baño.
Matías me soltó y el tipo no se dio cuenta de nada. Se lavó
las manos rápidamente y salimos del baño. Afuera me tomó
el cuello y me dijo: “Acuérdate que de esto a nadie. Yo no
soy un maricón como voh y no quiero que piensen eso porque me junto
contigo que eres una perra maraca. En la tarde, después de clases,
quiero que te vayas a mi casa, pero sin que nadie se dé cuenta,
ni siquiera te acerques a mí, ándate solito. Ahí
está la dirección”. Y me pasó un papel bien
doblado.
Siguió insistiéndome en que no le dijera a nadie y que si
no iba él ya se iba a encargar de encontrar la forma de castigarme,
pero me adelantó que dolería mucho. Con esto a mí
ya me daba miedo, quizás con qué loco me estaba metiendo.
Pasé
toda la tarde pensando si iba o no. Finalmente, decidí ir. Si no
iba, él realmente me podía hacer algo. El problema es que
si iba, tampoco podía estar seguro, mal que mal iba a estar en
su casa y probablemente los dos solos.
No me costó mucho llegar, conocía un poco el barrio. Era
una casa muy grande, toqué y él respondió el citófono.
Abrió un portón automático y entré. Pasé
por un jardín muy grande que terminaba al fondo con una piscina
muy linda. No se veía nadie. De repente empieza a ladrar un perro,
y veo que lejos se viene corriendo hacia mí un pastor alemán
enorme. Ahí sí tuve miedo, pensé que todo era una
trampa, que ésa sería su venganza, que dejaría que
el perro me comiera. De pronto, aliviado oí: “Thor!!”.
Era la voz de Matías, no había duda de ello. El perro detuvo
su frenética carrera hacia mí y se devolvió en dirección
a la piscina, desde donde al parecer venía el llamado. Al perro
ya no lo vi más, supongo que entró a la casa (que estaba
más allá de la piscina). Caminé lentamente, listo
para poner marcha atrás a toda velocidad si es que veía
al can de nuevo. Pero el camino parecía despejado, así que
de a poco me fui calmando y andando más confiado. Llegué
a la piscina. Era hermosa, con un fondo pintado de negro y unas luces
tenues que parecían flotar y hundirse a veces. Me concentré
en eso, mirando el agua transparente, el fondo negro y las luces... casi
no me di cuenta cuando frente a mí, desde el otro lado de la piscina,
escuché su voz: “Me alegra verte perrita. Ahora sí
vay a saber lo que es bueno”. Miré hacia el
frente y me encontré con una de las visiones más eróticas
que puede tener un gay. Ni en mis mejores fantasías había
imaginado así a este hetero magnífico. Las suaves luces
de la piscina lo iluminaban desde los pies. Los suaves vellos de sus piernas
brillaban en las puntas y parecían flotar sobre su piel. Su pelo
se veía recién lavado, húmedo, liso y aparentemente
suave, rozando ligeramente sus hombros. Bajo el cuello y entre sus tetillas
caía una hilera de pequeños vellos que se notaban muy rubios
por la suave y escasa luz que les llegaba, vellos que seguían por
su torso hacia su ombligo y que poco a poco se iban abriendo para dar
lugar a una maravillosa mata de vello púbico. Sí, amigos,
Matías estaba perfectamente desnudo frente a mí... sólo
nos separaba una piscina de luz tenue. Su pene emergía entre sus
vellos, glorioso, grueso y caía con la misma majestuosidad entre
unas bolas también pobladas de vello, con un precioso y abundante
escroto, lo que les daba un exquisito y leve vaivén. Sus ojos apenas
se lograban ver, traté de mirarlo a la cara y me pareció
notar un esbozo de sonrisa. Dio la vuelta a la piscina, yo seguía
inmóvil. Llegó hacia mí y tomándome fuertemente
de los hombros, me empujó hacia
abajo, dejándome a la altura de su hermosa herramienta. “Chúpame
el pico, perra. Lámelo y trágatelo. Lo vas a chupar y te
vas a tragar todo el semen. Me vay a hacer gozar como loco toda la noche,
perrita. Yo soy tu amo ahora y tú, mi esclavo. Chúpalo rico,
te encanta, así...” Yo ya estaba mamando hacía rato
su verga, no era necesario que me obligara. Él gemía y se
movía de adelante a atrás, provocando un ir y venir de sus
bolas que chocaban contra mi mentón. Cada vez más rápido,
penetraba mi boca con ese pene que no paraba de crecer. Mientras más
entraba, lo sentía más gordo y más largo, parecía
que nunca iba a llegar a su pubis. Era exquisita esa sensación,
tener su pene en mi boca, verlo entrar y salir, sentir sus bolas chocando
en mi mentón, la suavidad de su glande en mi lengua y cómo
su prepucio acariciaba mi paladar. Por fin llegué a sentir sus
pelos en mis labios, tenía su glande pasando mi garganta. Estaba
hambriento de su pene, lo comía con gula, se lo
chupaba, lo lamía, me lo tragaba, mamaba sus bolas, ufff!!! Estaba
en la gloria, amigos. Matías ni se veía acabar, estaba de
lo mejor aún, bombeando como loco y gimiendo. No hablaba nada ahora,
yo podía escuchar su respiración agitada, veía su
pecho sudar y sentía gotas de sudor en mi frente, no sé
si mías o suyas. Mientras lamía su glande y metía
mi lengua en
su meato, me mojé un dedo con saliva y comencé a pasarlo
en su entrepierna, justo entre el ano y las bolas. Ustedes bien han de
saber que ningún hombre se resiste a una caricia húmeda
en ese lugar. Pasé suavemente el dedo, recorriendo desde el final
de su ano hasta el comienzo del escroto. Podía sentir su humedad,
el sudor bañaba su entrepierna, de su ano parecía salir
líquido, como si se estuviese preparando para recibir algo bueno.
Matías dio un aaaaah de placer y rápidamente me dijo: “Ni
pienses que hoy día me vas a tener de nuevo, perra. Aaaaahh!! Eso
está bueno, pero no me toquí el culo o
hasta ahí nomás llega mi paciencia contigo”. Yo seguía
pasando el dedo, con más fuerza y más rápido, él
sudaba cada vez más y gemía con mayor frecuencia. Mientras
recorría su entrepierna con mi dedo, seguía comiéndome
su penca gruesa, que también estaba húmeda y ya comenzaba
a chorrear con las primeras gotitas de precum. De pronto, decidí
atreverme, me dejé llevar por la calentura y no hice caso a sus
advertencias. Mi dedo lubricado ya por mi saliva y su sudor, lo enterré
de golpe en su hoyo, se lo metí entero, hasta el fondo. Matías
dio un alarido, echó su cabeza hacia atrás velozmente y
metió de golpe su pico entero en mi boca, dejando su glande en
el fondo de mi garganta, que empezó a lanzar chorros de leche caliente.
Matías gritaba, se retorcía y agarraba mi cabeza, haciendo
que me tragara su verga completa. Mi nariz estaba enterrada en su pubis,
respiraba en sus vellos, sintiendo su olor a macho, su transpiración
y su éxtasis. Mi dedo seguía enterrado en su culo y él
seguía ahogándome con un rico semen suave, tibio, abundante.
Cuando terminó de eyacular y gemir a gritos, saqué mi dedo
de su hoyo y me empujó fuertemente hacia atrás. Caí
en el pasto, se agachó y me dio una bofetada. Lo único que
dijo fue: “te lo advertí”. Acto seguido, entró
en la casa. Habrían pasado unos cinco minutos y yo seguía
tirado en el pasto, sin poder reaccionar de tantas cosas juntas: la bofetada,
el sexo oral maravilloso que había hecho recién, el estar
en una casa desconocida con un hombre homofóbico dispuesto a tener
sexo gay... era todo muy loco y me costaba
entenderlo, actuaba más bien por el placer que me provocaba todo.
Estaba en esas cuando salió de la casa, todavía desnudo,
intacto, pero ahora con su verga bien tiesa y parada. Me dijo: “Empelótate
weon, te quiero ver desnudito. Y métete a la piscina conmigo, que
te voy a hacer gozar como nunca puta culiá”. Yo ya me estaba
cansando de ese vocabulario, a nadie le gusta que lo traten así,
pero ver esa pichula durita frente a mí me hizo olvidar rápidamente
sus palabras. Se tiró a la piscina y me esperó ahí,
mirándome. Yo me paré del pasto y comencé a desnudarme.
Ya estaba oscuro y hacía un poco de frío, así es
que traté de hacerlo lo más rápido posible. Él
no paraba de mirarme, parecía que le excitaba ver cómo me
quitaba la ropa. Cuando me saqué los calzoncillos, mi pene saltó
durito, a lo que él inmediatamente exclamó: “Uy, ¿se
le paró la pichulita mi amor? Te vay a tener que correr la paja
nomás porque hoy me toca a mí el placer”. Sin decir
nada en respuesta, me lancé a la piscina. Quedé de frente
a él, mirándolo a los ojos. Comenzó a acariciarme
los labios con dos de sus dedos y luego los metió, recorría
toda mi boca con sus gruesos dedos, mientras me seguía
diciendo obscenidades y con su otra mano agarraba mi cabeza fuertemente
por la nuca. Sus dedos se paseaban por mi lengua, llegaban hasta casi
mi garganta; yo trataba de evitar sentir náuseas, respiraba profundo
por la nariz, eso a él le gustaba más, se notaba que le
excitaba ver que yo jadeaba con sus dedos en mi interior. Hasta que los
sacó y me dio un beso caído directamente del cielo, su lengua
era un manjar, acariciaba toda mi boca por dentro, me lamía con
fuerza, mordía suavemente mis labios y seguía penetrándome
más y más con ese manjar. Apretaba su cuerpo contra el mío
y podía sentir como su pene se enterraba en mi entrepierna, rozando
mis bolas con su dureza y calor. De pronto me levantó, dejando
mi torso fuera de la piscina. Me acostó en el borde de la piscina,
de modo que mi culo quedó frente a su rostro. Ahí
comenzó lo mejor de la noche. Lenta y suavemente comencé
a sentir su manjar de lengua pasando por mi ano. La movía en círculos
y entraba en mi hoyo, siempre con suavidad. Echaba saliva y metía
cada vez más adentro su lengua. Luego comenzó a bajar y
ya no era sólo mi hoyo lo que estaba chupando, sino que su lengua
ya había alcanzado mis bolas, pero muy sutilmente. Cuando me dio
una lamida en los testículos, inmediatamente me estremecí
y él se detuvo, volviendo a sus quehaceres en mi ano ya un poco
dilatado. Esta vez siguió más fuerte, su lengua entraba
con fuerza, rozando mis paredes anales rápidamente. Luego puso
un dedo, luego dos, tres y hasta cuatro. Yo sólo gemía y
pedía a gritos que siguiera así. Él ya no hablaba,
estaba concentrado en penetrar mi ano con sus dedos firmes. Los metía
y los sacaba con rapidez, yo estaba hirviendo, ya deseaba sentir su verga
en mi culo, partiéndome en dos. Hasta que se decidió y me
arrastró de golpe hacia el
agua. Me sumergió completamente, luego me levantó tomándome
de las caderas y me enterró el pico en el hoyo con una brutalidad
increíble. Sentí su glande en mi estómago. Me penetró
hasta el fondo con mucha fuerza, mi ano se abrió
con rapidez dando paso a aquel monstruo de carne que quería recorrerme
entero y lavarme por dentro con su líquido blanco y espeso. Echó
marcha atrás con lentitud, sentía como raspaba las paredes
de mi ano con su verga y de pronto, ahí estaba adentro de nuevo,
hasta el fondo. Siguió así, bombeando cada vez más
rápido. El agua se movía y se hacían como olitas
a
nuestro alrededor. Sentía como si me entraran burbujas en el culo
junto a su mástil tieso, enhiesto, listo para horadarme hasta lo
más profundo de mi cuerpo. Siguió penetrándome, cada
vez con más fuerza y violencia, parecía no cansarse ni un
poco. Sacó las manos de mis caderas y las puso en mi cabeza; me
agarraba del pelo mientras me culiaba y me gritaba obscenidades; y literalmente,
¡me gritaba! Me decía: “Mi puto rico, por fin te tengo
como siempre había querido. Te voy a reventar el orto con mi pichula
gruesa. ¿Te gusta así? ¿Así, maricón?
¿Te doy más fuerte, putito? Me encanta tu poto
tragándose mi pico. No me voy a cansar nunca de metértelo
en la raja, maraco”. Yo no ponía atención a sus ofensas,
sólo estaba disfrutando de esa culiada bestial que estaba recibiendo
del straight más straight que había conocido. Luego de unos
veinte minutos, ya me estaba cansando en realidad. Pero él seguía.
Hasta que me lo sacó con rapidez y hundió mi cabeza bajo
el agua. Por suerte alcancé a darme cuenta que me iba a sumergir
y tomé algo de aire antes. Me hundió fuertemente, me dio
vuelta y me encajó su verga hirviente en mi boca. Estaba realmente
muy caliente y se sentía húmeda, por el agua de
la piscina y la penetración que acababa de realizar. Fue de una
sola vez, me metió la pichula hasta la garganta y comenzó
a derramar su semen en mí. Aunque estaba bajo el agua, podía
escuchar sus gritos y su cuerpo se estremecía, temblaba entero,
mientras su monstruo seguía escupiendo oleajes de leche blanca
y caliente en mi boca. Y yo, por supuesto, me bebía todo como niño
bueno, mientras apretaba fuerte sus nalgas suaves con mis manos, como
intentando que su pene llegara más profundo en mí. Salimos
de la piscina y me llevó al interior de la casa, hasta un baño.
Lo que pasó ahí y en el resto de la noche, se los contaré
en la tercera parte de mi historia. Cuéntenme sus experiencias
con mi relato, qué hicieron, cómo lo leyeron. Eso y cualquier
comentario o sugerencia en: cobayo_de_los_andes@hotmail.com
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