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| Gargantas profundas |
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| Hay algo más hermoso
que una ópera? Dudo que de todos los placeres urbanos haya algo
más sensual que una ópera bien interpretada, en un buen
teatro, con una buena orquesta de fondo. No menos que esa magia tenía
aquella noche, bajo el nombre de La Traviata, y el más imponente
de todos los teatros de Madrid. Me gusta salir solo, para no llamar tanto
la atención de la prensa, ya que mi padre es un reconocido hombre
de letras, pero pese a ese motivo, disfruto de las soledades impropias
de mi edad. Por ende me encontraba solo en el palco alto del teatro, revestido
de oro y terciopelo, vestido con mi informal camisa negra a mangas cortas.
En el teatro parecía ser el más joven… Sigo cumpliendo
años y sigo siendo el más joven de los que frecuentan teatros,
aún en plenas vacaciones. En la platea, las familias más
populares, en los palcos los más reservados y en lo más
alto, llamado el “paraíso” los que tienen la visión
menos afortunada, como sus bolsillos. Dos palcos hacia mi derecha alcancé
otra persona que se encontraba sola. Un real caballero italiano, en un
traje blanco de finísimo corte, con una rosa en su bolsillo. No
parecía esperar a nadie, hasta que advertí con sorpresa
que me estaba mirando. Estaba a una distancia lejana y las luces se debilitaron
con el anuncio del comienzo de la ópera. Era un rostro cautivante,
lo dice una persona difícil de impresionar. Le devolví una
mirada sensual, que no sé si alcanzó a distinguir: las luces
se extinguieron y La Traviata empezó a resonar. Fue fantástico
el primer acto, finalizado con una lluvia de aplausos y silbidos que mostraban
el buen público reunido esa noche. En el receso intermedio, decidí
salir a visitar el paraíso, que hacía tiempo que no recorría.
Me parece encantador recorrer los lugares prohibidos y llegar cuan lejos
pueda. Desde el paraíso se tiene una considerable altura, me apoyé
en la baranda a contemplar todo desde una nueva visión, hasta que
anunciaron el segundo acto. Al entrar a mi palco, hice a un lado la pesada
cortina roja que antecedía a mi asiento, y en la misma noté
una mancha que reconocí al instante… Era una mancha blanca,
seca, que se había pegoteado en un lado de la cortina y también
en la alfombra: era un lechazo. Rosé con mis dedos esa muestra
de salvajismo en mi palco privado y noté cómo mi pulso comenzó
a aumentar. Me había gustado y mi bulto se estaba entusiasmando.
No podía evitar imaginarme la situación que provocó
esa mancha. Los aplausos me despertaron de la fantasía y yo volví
a mi asiento El principio del segundo acto era bienvenido… Pero
en mi silla había una rosa. Desvié mis ojos automáticamente
al bello rostro que anteriormente se había fijado en mí.
La gente seguía parada aplaudiendo y me separaba de mi objetivo.
Intenté moverme de posición, pero sólo se veían
manos agitándose, hasta que finalmente algunos se cansaron y se
sentaron y mi vista mejoró. Busqué rápido con la
mirada en su bolsillo, para corroborar si su decoradora flor seguía
ahí. En cuanto estuve a punto de hacerlo la luz se apagó.
Del alma me salió un “demonios!” muy desubicado para
ese contexto. Todos nos sentamos y yo dejé de prestar atención
a la obra. No me gustaba ser presa de nadie, por lo que decidí
revertir de inmediato los roles en ese juego que acababa de comenzar.
En vez de impacientarme me relajé y empecé a imaginar la
escena que dejó como fruto ese lechazo en mi palco. Mmm, ciertamente
me imaginaba un hombre robusto, transpirado por el saco que seguramente
portaba, arrugando toda su camisa, con los pantalones bajos en la oscuridad
y con una mano en la boca de su novio, para que no hiciera ruido con el
placer que él le otorgaba en su movimiento. Seguro que le acabó
en su boca y luego el pasivo acabó en el aire, ya que a la mayoría
de los activos no le gusta tragarse los lechazos… Todo encajaba
perfectamente y comenzaba a desear vivir algo parecido. Una vez más
divisé el rostro escondido de aquél misterioso ser. Tenía
un pelo castaño peinado hacia los costados y un bigote demasiado
cuidado para la corta edad que parecía tener, cual rondaba en los
27. ¿Que si era demasiado grande para mí? No, en realidad
eso se definiría viendo otro tipo de medidas. Me levanté
de mi silla y entré a su palco. Me senté a su lado y le
puse la rosa nuevamente en su bolsillo.
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