| El Desierto de Libia. Cómo
iba yo a imaginarme que tal escondido rincón del planeta me traería
una grata sorpresa de tan gran tamaño. Mis intenciones en ese lugar
era hacer un recorrido por el costado del desierto, no a través
de él, para poner a prueba mi resistencia, ya que en ese entonces
no sabía qué tan extremos podían ser las condiciones
de los lugares que recorriera. Tengo grandes planes a futuro, para los
cuales mis músculos deben estar preparados. Mi travesía
comenzó a unos kilómetros del austero aeropuerto, donde
sólo contaba con mi musculosa de morley blanco, que mostraba mis
trabajados brazos, y pronunciaba mi cintura fantásticamente, una
mochila y short negro, y una simple cantimplora que debería ser
mi pequeño consuelo en pesados kilómetros de viaje. Me aventuré
entonces por el calor veraniego de los valles áridos, en una ruta
mitad improvisada, mitad pensada, lejos de la civilización. Mis
pies caminaron, una, dos, tres horas, soportando bien a la medida de mis
dieciocho años. Al poco tiempo de comenzar ya era la única
alma en todo el paisaje, que se desintegraba con los golpes imperdonables
del sol, pese a las densas nubes lejanas. Mis anteojos oscuros evitaban
que me encandile, y a través de ellos podía dibujar con
la imaginación un hermoso beduino sobre su camello. Mmmm, pero
ciertamente estaba lejos del lugar donde habitaban las caravanas de beduinos,
y, de hecho, si en ese momento hubiera visto un guapo sobre su camello,
probablemente le hubiera robado el camello. Mi humor optimista me hizo
disfrutar aún más de la cálida experiencia. Me quité
la musculosa a fin de tostarme parejo y pronto divisé un débil
camino que parecía conducir a la nada a simple vista, pero era
el que estaba buscando. Ya me había alejado del terreno pedregoso
e inestable, así que troté un buen rato, hasta que descubrí
con sorpresa y casi sin aire una pequeña construcción lejana.
¿Qué demonios sería aquella casita plantada en un
terreno tan muerto? Me apresuré en averiguarlo. Me acerqué
y cuando ya estaba en frente de la misma noté que la puerta estaba
abierta. Desde adentro se escuchaba música árabe y el sonido
de herramientas. Me decidí por entrar, mi curiosidad era imparable!
En cuanto pasé la portezuela sólo vi un jeep precioso, con
alguien debajo de él reparándolo y cantando el tema que
pasaban en un pésimo árabe. Tosí para llamar la atención
y el personaje que se ocultaba debajo dio un pequeño grito, extraña
forma de sobresaltarse. Salió a la luz de inmediato, arrastrándose
por el suelo y yo quedé directamente shockeado con lo que vi. Estaba
esperando un lugareño viejo y gordo, con uniforme de mecánico
y antiparras anticuadas. En cambio, del auto se asomó un chico
de unos veinticinco años, de pelo negro y muy lacio empapado, con
un jean cortado a propósito a la manera de un short y con una musculosa
muy parecida a la mía. Tenía los ojos verdes como la jungla,
músculos levemente sudados y manos grasientas, y con la boca sostenía
una linterna que – ni más ni menos – parecía
un consolador, o lo quise imaginar así. Mis ojos estaban tan abiertos
como los suyos y quedamos en un silencio gracioso, esperando que el otro
reaccionara. Dije finalmente:
- Parece que no son muy frecuentes las visitas por aquí…
Soy un simple caminante que se dirige hasta las montañas que se
ven en el horizonte.
- Pues vas en buen camino, aunque te falte todavía mucho y no encuentres
nieve precisamente en las montañas.
EL chico sonrió, mientras me exploraba con curiosidad. Respondí
a su mirada:
- Mmm, no todo lo bueno es lo esperado.
- Jajaja, cierto… Pues éste es mi buen taller.
Me detuve en los detalles del lugar e hice mi esfuerzo por convencerme
de que parecía realmente un taller. Tuve que serle sincero:
- Vaya lugar para poner un taller de autos!
- Aquí encuentro la paz que necesito. A demás, no es un
taller de autos, es el taller que le dedico entero a mi tesoro, este fabuloso
jeep.
- Soy un amante de los buenos jeeps y otras tantas manías en cuatro
por cuatro y veo que no te quedaste con las ganas de conseguirte un ejemplar
de categoría.
- Me hace lucir, no es cierto?
- Estoy seguro que vos sos quien lo hace lucir a él…
El morocho sonrió algo sonrojado, pero noté que le gustó
esa bromilla.
- Vivo con mi familia, pero desde que tuve problemas con mi novia, que
se asentó en mi casa, ya no vuelvo para allá.
- Ah, problemas con la parejita… No te imaginaba en esas condiciones.
- Perdón? Ahh, no me imaginabas como un novio peleador?
- No te imaginaba con una mujer exactamente.
El pobre morocho me estaba excitando cada vez más y yo me lo hice
notar inescrupulosamente. Cerró los ojos con una sonrisa, se levantó
y comenzó a limpiarse las manos.
- Mirá, te confundiste un poco.
- ¿Sólo un poco…? No suelo confundirme. Aunque quizás
esté demasiado turbado por ese jean ajustado…... Jajajaja!
- No seas atrevido! Ni si quiera sé tu nombre!
Las sonrisas que nos devolvíamos me dio la seguridad de que era
uno de los míos, y el perfecto rostro salvaje del chico me exigía
que no me detuviera.
- Si ese es el problema, me llamo Gabriel Klaus.
- Yo soy Ignacio, oriundo de España, más precisamente de
Barcelona. ¿No se te antoja un poco de agua? Te ves acalorado.
- Absolutamente, muero de sed.
- Contame, desde dónde venís caminando?
- Desde unos diez kilómetros al norte, pero no sé si voy
a poder continuar… Verás, hay cosas que te quitan mucho la
energía.
Dije esto refiriéndome al acto acabar, mientras el potro de Ignacio
me servía agua. En una forma muy escondida quería comprobar
qué tan gay y a su vez qué tan despierto era mi chico. Una
vez más rió y me miró. Se mordió los labios
y me dio el agua, a continuación agregó, resignado a la
situación:
- Nunca lo hice con un hombre.
Fue suficiente para que yo actuara deliberadamente.
- Ignacito de mi alma, no creés que siempre hay tiempo para una
primera vez? Primeros pasos, primer jeep, primer hombre… da igual,
a menos que yo te disguste.
Entonces me recorrió con sus ojos de abajo a arriba. Lo que vio
fue a un gringo de pelo corto, con ojos azules, labios carnosos, una corta
barbilla, pecho, brazos y pronunciados abdominales al aire, un bulto que
se hubiera distinguido de a cien metros, unas piernas duras y suavemente
peludas.
- No es eso, sos muy lindo. Mmm, de hecho sos hermoso… Pero yo tengo
una novia, me gustan las mujeres.
No me gusta insistirle a ningún hombre, menos a los que no aceptan
su realidad con esa frase tan tonta como la que acababa de pronunciar.
Pero tenía un morocho tan perfecto en frente mío que no
me pude resistir, y era tan masculino que saqué de adentro mío
el chico pasivo que hacía mucho que no salía. Me acerqué
a él y me puse justo en frente, para averiguar cuánto tiempo
sostendría su heterosexualidad. Apoyé mis hombros en los
suyos, quedando mi espalda con su pecho pegados. Sin dejar de mirar sus
ojos llevé mi colita hasta su bulto y la moví muy suavemente
de un lado al otro. Ignacio se puso tan nervioso que podía oler
su adrenalina y percibir cómo temblaba. Podía sentir algo
verdaderamente grande, pensé que su pija estaba erecta, pero no….
Noté cómo se empezaba a endurecer y no lo podía creer.
Ese jean ajustado le quedaba tan sensual que lo hubiera arrancado con
los dientes. Mi pija ya estaba durísima y el morocho empezó
a gemir y a tranquilizarse. Me tomó de los brazos y yo di vuelta
mi cuello. Me besó sorprendentemente… Utilizó su lengua
y me tocó con esos brazos, cuyos músculos eran los más
grandes que vi en mi vida, como fierros aún más grandes
que mis dos brazos juntos. Le toqué la pija sobre el jean, se la
empecé a frotar y él cerraba sus ojos y miraba al techo
con un gesto de placer y constantes gemidos que se hacían cada
vez más fuertes. Me tocó los abdominales, yo seguía
frotándosela, bajó hasta mi pija y empezó a hacer
lo mismo. Cuando llegó a mi short y apoyó sus manos sobre
él yo creí que me infartaría. Estaba en la fantasía
que siempre había querido vivir. Nuestras temperaturas corporales
eran altísimas, yo ya estaba tan agitado como antes de tomar el
agua. Deseé ir por más. Me di vuelta y antes de que yo pudiera
reaccionar, él me tomó de la mano y me dijo algo así,
en tono serio:
- Me encanta, gringo. Es mi primera vez, pero te juro que me encantás,
gringuito divino. Vení por acá, tengo algo que se puede
llamar habitación.
Lo que no era más que un cuarto a oscuras, afortunadamente con
ventilador y muy fresco, con un colchón en el suelo, una vieja
heladera en una esquina y unos estantes con inutilidades a los costados.
- Es un bonito colchón, Ignacio, te parece si lo estrenamos? No
creo que alguien te haya hecho probar una colita, cierto?
- Por cierto que no.
- Muy bien, vas a descubrir el placer más grande que existe en
la tierra, te voy a llevar a las estrellas.
- Mmmmm, si vos lo decís, te creo.
Me encantó que confiara en mí. Y a mí me encantaba
él. Se arrodilló en el colchón y yo, parado, me saqué
el short y dejé lucir mi boxer rojo, insuficiente para cubrir toda
mi pija. Miraba a Ignacio con deseo, su pelo era largo y estaba atado
y mojadito. Su barbita estaba recién crecida y realzaba esos labios
que ya me estaba tragando nuevamente. Mordisqueaba muy suavemente mi labio
inferior y jugaba con mi cuello. Al fin me hice atrás y me quité
el boxer. Me paré y llevé mi pija a su boca. Él,
cerró los ojos y se la tragó igual de sonriente que antes.
Comenzó a moverse, con una mano sobre su jean y con la otra tomándomela.
Siguió moviéndose por unos minutos y de vez en cuando dejaba
de chuparla y la lamía de tronco a cabeza. Noté que lo hacía
para descansar sus mandíbulas y sus cachetes. Ponía la punta
de su lengua en mi cabeza y la movía, pasándola por su límite
y luego nuevamente por la punta. La agarró con fuerza y se la tragó
despacio hasta el final y con todo adentro sacó la lengua y empezó
a moverla levemente. Yo empecé a gemir sin límites, él
era un chico majestuoso… Recordé que era su primera vez,
lo que me dio a entender que tenía sus buenas fantasías.
Sacó su boca y me miró a los ojos un poco agitado. Llevó
su espalda al colchón y se sacó el short velozmente. Me
quedé sin palabras ni movimiento alguno. El otro se tomó
la pija con las dos manos y empezó a golpearla con sus abdominales
de piedra. La cabeza al golpear iba más allá del ombligo…
Había sacado una pija que mi experiencia me decía que no
era menos de veinticinco por siete. La cabeza era dura y enorme, el tronco
liso y recto, con un cuerillo que, por su movimiento, mostraba gran flexibilidad
y tiraba la punta de la cabeza. Las pelotas eran gigantes y a su vez ajustadas.
Debajo de esos literalmente huevos, una cola que ni todo el peso del cuerpo
la había ablandado. Sentía que me recorría una sensación
muy parecida al orgasmo pero sin acabar. Mi pija de diecinueve por cinco
punto cinco me parecía diminuta, en verdad nunca pensé que
encontraría un ejemplar tan impresionante. Mi chico robusto y tan
caliente como yo me dijo:
- Hey… estás bien?
- Si… por supuesto… Te voy a tragar esa pija como si fuera
mi última vez en la vida.
Me acerqué como un felino y puse mis piernas entre las suyas. Bajé
mi lengua a sus pelotas y las recorrí de abajo a arriba, seguí
por el tronco y mientras llegaba a la cabeza la tomé de abajo.
Posé mis labios en la base de la misma y los subí suavemente.
Lo miré a los ojos, esos verdes que tenía, y finalmente
se la empecé a chupar descargando todas mis ganas. Al instante
empezó a gemir y a mover su cuerpo. Yo se la tragaba cada vez más,
tratando de tragarla toda, aunque era difícil, pero mi voluntad
me ayudó. Empecé a mover el cuerpo sin dejar de chupársela,
llevándolo en la posición opuesta a la que estaba. Acerqué
mi pija a la boca de Ignacio hasta formar un 69 perfecto. Él se
tragó de nuevo mi pija y yo ya casi me tragaba toda la suya. Lo
hice sin descansar y a una velocidad impresionante. Su cabeza se iba poniendo
más dura a medida que avanzaba el tiempo. Comencé a sentir
ganas de aprovechar esa monstruosa medida, quise hacer de pasivo. Supe
en el acto que sería muy doloroso, más aún estando
tan dura como se la había dejado. Pero, ahh, yo soy tan gay y disfrutaba
tanto de aquél chico que terminé por ceder y cumplir con
la promesa que le había hecho. Le pregunté si no tenía
crema, por supuesto que no le pedí un lubricante especial como
los que yo coleccionaba, era obvio que no poseía. Me respondió
con una sonrisa y se levantó, tomó de uno de los estantes
una crema para manos cuya marca reconocí. Al menos era de aloe
vera y no contenía alcohol, gran punto a favor de mi colita. Se
arrodilló y se puso un puñado en la mano, que luego pasó
por su pija. Yo mismo me pasé en la colita para ayudar a la dilatación.
Lo besé e hice de tripas corazón, lo acosté nuevamente
de espalda de un empujoncito y me senté arriba. Su pija gigante
parecía interminable, pero yo la haría entrar toda, me costara
lo que fuera. Se la tomé e introduje la cabeza, luego fui bajando
lenta pero continuamente. Llegué a la mitad, lo soportaba bastante
bien. Me levanté como para sacarla, pero al llegar a la cabeza
volví a bajar y así sucesivamente. Automáticamente
cerró los ojos, mostrando sus espesas y negras pestañas.
Me cautivaba tanto… Yo sudaba mucho y, lejos de quejarme, gemía
con discreción, ya que nuestro juego recién empezaba. Lo
miré fijamente y bajé con suavidad un poco más, subí
y bajé incluso más, hice lo mismo y finalmente, mostrando
instintivamente mis dientes, bajé por completo. Ignacio dio un
grito masculino mezclado con un rugido. Yo lo imité y me empecé
a mover con rapidez, subía y bajaba a mayor velocidad. Me empecé
a pajear con una mano, mientras con la otra me sostenía. En poco
tiempo ese tranquilo lugar había sido testigo de tal escena de
salvajismo y pasión desenfrenada. Mi chico apartó mi mano
de mi propia pija y la tomó él. Empezó a pajearme
con facilidad, y movimientos inexpertos, pero no por eso menos placenteros.
Llegó un punto en que sentí que estaría por acabar,
por lo que me saqué la pija de Ignacio de adentro mío, coloqué
mi pija justo sobre la suya y me pajeé a toda velocidad. Empezó
a subir el semen e Ignacio me dijo entre gemidos “dame esa lechita,
bebote”. Entonces saltó toda, en forma de cinco largos chorros
simultáneos, que dirigí hacia la pija de Ignacio, quien
se excitó más que antes. Para mí acabar no es indicio
de que se termina mi excitación, por el contrario, verme a mí
mismo me genera un placer indescriptible y me gusta repetirlo cuantas
veces pueda. Ignacio estaba caliente como toro en celo, sus gotas de sudor
le recorrían la frente y caían en su pecho descubierto.
Se puso de rodillas y yo accedí a besarlo profundamente y luego
me puse en una de mis posiciones favoritas cuando hacía de activo.
Supe que a él le gustaría en ese mismo rol. La clásica
del perrito. Me puse en cuatro patas y el otro introdujo sin perder tiempo
nuevamente toda su pija. Tomé con fuerza el colchón, sabía
que me estaba saturando. Pero sus movimientos fuertes como ataques eran
placenteros como nada más en el mundo. Él gimió peor
que antes, un crujido seguido de otro mío, nos convertía
en leones salvajes, entre un golpe y otro. Yo podía sentir hasta
sus pelotas golpeándome, los vellos de sus piernas musculosas en
las mías y sus manos en mi cintura. Mi propia leche había
servido de lubricante, a mí me gustaba tener esa sensación,
aunque un poco asquerosa en otro aspecto. Dejó de poner fuerza
en su forma de penetrarme y, en cambio, añadió mucha más
velocidad. Yo casi no diferenciaba entre un golpecito y otro. Mi pija
seguía aún dura y yo tan caliente como Ignacio. En un momento
dijo en voz alta:
- Voy a acabar… No sabés el lechazo que te tengo guardado...
- Traé esa pija hermosa a mi boquita…
Luego de mi respuesta la sacó de dentro mío y se pajeó
desde la parte de abajo del tronco, dándome suficiente lugar para
apoyar mis labios en toda su cabeza. Sentí que la misma se empezó
a hinchar, él dio gemidos en alto volumen y acompañó
la agilidad de sus manos con movimientos de cadera que pronto culminaron
en el lechazo más impresionante de toda mi vida: Yo, con mi boca
en su pija, empecé a succionar al primer lechazo, seguí
haciéndolo y mientras salía el otro yo tragaba. La fuerza
del impacto de esa leche con mi lengua me causaba un placer indescriptible,
llenándome la boca y haciendo que volviera a tragar, una y otra
vez, con todo el cuerpo de Ignacio tenso, duro, aceitado, sudado…
moviéndose hacia mí. Sacó sus últimas gotas
y finalmente se echó sobre el colchón. Yo me tiré
a su lado. Él, muy agitado, me pasó un brazo por debajo
del cuello y me besó en la frente, riendo. Yo le tomé de
la barbilla y reí con él.
- Guau…, Ignacio, esto no se ve todos los días.
- Un gringo tan hermoso como vos es lo descomunal, mucho más si
te cae de sorpresa como una bendición.
- Creo que la naturaleza es sabia. Yo no podría morir sin conocer
la pija más grande de todas, hasta ahora, claro, y vos no tenías
que morir sin hacerle caso a tu instinto gay.
Me levanté y me dirigí a la primera sala, donde tomé
un vaso de agua para mi garganta y antes de que terminara de servirle
otro a Ignacio, éste se había parado para buscarme. Su pene
estaba semi-erecto y viscoso en la punta, aún así demostraba
su gran tamaño. Le alcancé el vaso y él bebió.
Luego le dije en un tono sensual:
- Tenés una pija magnífica. Apuesto que vos mismo te la
podrías chupar.
- Jajajaja!!! Lo hice varias veces – automáticamente yo demostré
mi sorpresa por su desvergüenza –, fue mi manera de descubrir
qué era el sexo oral.
- Vaya forma de averiguarlo!!!
En ese instante oí un sonido que por el lugar donde estaba me hizo
creer que era mi imaginación, pero luego nuevamente el sonido grave
retumbó en mí y me aseguré de que era real.
- Truenos!!!
- Así es, Gaby. Hoy es el primer día con pronóstico
de lluvia en muchísimo tiempo, lamento informarte que parece ser
bastante seria.
Ambos salimos desnudos afuera y yo abrí mis ojos, incrédulo
por el cielo tormentoso que veía.
- Bien, parece que las lluvias torrenciales se vienen para varios días.
Ya me lo esperaba.
- Soy nuevo por esta zona, Ignacito, pero sé que estas nubes no
son menos que grandes indicios de tormenta. Será mejor que nos
vayamos.
Rotundamente entré mi cuerpo desnudo y expuesto al viento cargado
de tierra a la casita, donde contemplé el maravilloso jeep. Ignacio
me abrazó por detrás y me besó en el cuello. Me dijo,
irónicamente:
- Aceptarías descubrir un el mejor jeep del mundo conmigo?
- Seguro, pero para eso tendrías que viajar a mi mansión,
donde me espera junto a mi reciente licencia para conducirlo…
Reímos y luego me fui a cambiar, mientras Ignacio alistaba todo
lo que necesitaba y los truenos que sonaban sobre nosotros se hacían
más fuertes. Abrí el portón del taller y esperé
a que salieran esos dos bebés. El jeep negro se desplazó
hacia fuera y mi chico se bajó a cerrar con cadenas y candado todo.
Nos subimos cuando las primeras gotas de lluvia golpeaban contra el suelo,
elevando ese característico olor a tierra mojada. Le pregunté
hacia dónde nos dirigíamos, él me respondió
que a una pequeña ciudadela que se hallaba a unos cuantos kilómetros.
Íbamos a toda velocidad y charlando despreocupadamente, ya que
era muy buen conductor y creímos estar bien con el tiempo. En un
momento yo le bajé la cremallera y le toqué los huevos sobre
el slip blanco. Parecía que le gustaba mucho.
- Me vas a desconcentrar, Gaby!
Frente a esa acusación yo llevé mi cabeza a su pija dormida
y me la tragué con facilidad. Empezó a endurecerse lentamente
dentro de mi boca. No detuvo el auto. Con algunos gemidos iniciales, me
dijo que llevaría el jeep a una caverna que estaba cerca, porque
la lluvia golpearía con fuerza. Apartó el auto del camino
y lo llevó a una ancha abertura en una montaña hacia nuestra
derecha. Allí, lo estacionó como en un garaje, en reversa.
Vimos cómo se largó a llover. Yo ya había empezado
nuevamente con mi juego e Ignacio volvía a ser el toro de hacía
una media hora. Salimos del jeep, y entre el ruido del agua en la caverna
lo apoyé parado sobre el jeep. Su cremallera estaba baja, pero
sin desabrochar el botón le saqué la pija y se la volví
a chupar. En un momento mi curiosidad fue tal que le dije:
- Cómo es que vos solo te la chupabas?
- Así, mirá.
Se sentó en el asiento del jeep, con la puerta abierta y subió
las piernas, apoyando la planta de los pies ya descalzos sobre el parabrisas.
Se tomó su pija y sin esfuerzo alguno se la llevó a la boca.
La posición apretada no le permitía grandes movimientos,
pero toda la cabeza llegaba a entrar. Yo me excité fantásticamente,
le dije que se sentara y seguí chupándosela hasta acabar.
Hizo movimientos feroces y gimió un “si….., ahhh…”
que terminó en tres considerables lechazos, que se pegaron en mi
cara. No acababa con gotas, sino con verdaderos chorros de leche a alta
temperatura. Lo besé y él pasó su lengua por mi cara,
devolviendo a sí mismo lo que era suyo. Me di cuenta de que realmente
era tan gay como yo. Pese a eso y a mis ganas, sentí que todavía
no era tiempo de penetrarlo, así que me pajeé arriba suyo
un rato, con su lengua en mis tetillas, hasta que acabé igual que
él, sólo que sobre sus abdominales.
- Te toca a vos…
Me dijo, e inmediatamente llevé mi lengua a su panza pronunciada
y lamí mi propia lechita, aún caliente.
Conversamos largamente sobre muchos temas, coincidimos principalmente
en las ideas religiosas y los gustos musicales y artísticos. A
ambos nos apasionaba la historia y hacer largos viajes. Fue así
como en un costado del mundo conocí a un ser que llenaba todas
mis expectativas. A medida que fui conociendo a Ignacio sentí que
una fuerte sensación de cariño crecía hacia él.
Pese a que debíamos volver a nuestros hogares yo sabía que
lo volvería a ver.
Luego de que partiéramos de la caverna, antes del atardecer y con
menos lluvia, fuimos al pueblo que ya me había mencionado. Al día
siguiente, luego de que pasáramos una noche tormentosa en un hotel
(en la que disfrutamos tanto como en el taller) nos despertamos temprano
y jugamos desnudos, mientras nos traían el desayuno. Para el mediodía
el paisaje volvía a ser soleado, aunque húmedo y con lejanas
nubes que antes de desaparecer llevarían su furia a muchos otros
lugares. Ya era mi hora de partir, me llevó en su fiel jeep negro
hasta el pobre aeropuerto de la ciudad, tras una hora de viaje. Una vez
allí lo abracé con fuerza y nos despedimos. Pese a mi fuerte
carácter y a mi personalidad reservada y desconfiada, le di mi
teléfono y le dije dónde podría ubicarme. Nuestra
última mirada fue algo triste, pero nos sonreímos con esperanza
de volver a encontrarnos. Yo debía llegar a la capital de Libia
y luego, en otro avión, regresar a Madrid, esto sólo era
una escapada de fin de semana. Uno de los libros más vendidos de
mi padre, famosísimo escritor, se había basado en lugares
parecidos a ese, y él en persona había visitado Libia, por
lo que yo era muy bien recibido por las autoridades y la prensa. Durante
la noche mi padre me había dejado un mensaje de voz al celular,
ya que yo no contesté el teléfono. Con tono de preocupación
me pedía que le dedicara un tiempo para charlar sobre los gastos
que estaba realizando. Interesante discusión la que me espera.
Él no se preocupaba por el dinero que yo gastaba, sino porque no
hacía inversiones y tenía razón. Mi mayor gasto fue
un papiro erótico traído de Egipto por unos traficantes,
que luego de hacer una copia exacta con mi grupo de artistas contratados,
lo devolví al lugar de donde se había robado y avisé
a las autoridades sobre el paradero del equipo de traficantes que se movía
en el mercado negro de antigüedades. Gracias a mí se supieron
valiosos datos de ese tipo de mafia. El departamento de antigüedades
de Egipto y el gobierno de España me estuvieron eternamente agradecidos,
pero, claro está, ninguno me devolvió el costo del papiro.
En este momento me encuentro en el avión y dieron la señal
de aterrizaje. Espero volver a saber algo de Ignacio. Mientras tanto me
espera una discusión interesante con mi padre. Hasta pronto…
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