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Primer amor

Era tiempo de iniciar las clases en la Universidad, y mi temor se centraba en la forma en que podría desarrollarse mi comportamien- to: como el de un hombre común o como el del gay que soy. La verdad es que me fascinan los hombres con su lavadero bien marcado, y tenía que pensarlo muy bien, porque conviviría por cuatro años con mis compañeros de carrera, y me daba miedo quemarme a lo tonto. Sabía que debía existir un hombre en esa Universidad por el que me declararía poco a poco.

Pasaron aproximadamente quince días y, como es clásico al comenzar los cursos, todo el mundo te barre, porque no te conoce o simplemente porque te ve bien vestido y bien calzado. Por suerte había en mi salón dos chavos que me gustaban, pero que no reunían las características necesarias para convencerme: Que tuvieran un buen lavadero y que fueran chulitos por todos lados, Todo comenzó a mejorar cuando el maestro de ballet de la Universidad me invitó a pertenecer al grupo. Le dije que por el momento no me interesaba la cosa, y todo quedó ahí.

Tenía (y tengo) la costumbre de que cuando los compañeros salen a jugar futbol al patio trasero, los observo desde el segundo piso, para admirarlos a mi antojo con sus diminutos shorts. A algunos se les trasparentaba la verga y, cuando se quitaban la playera, aquello era un paraíso de Adanes y, a pesar de eso, no me sentía a gusto en la escuela, pues me hubiera gustado estudiar en la capital, pero algunos problemas de documentación no me lo permitieron, ni modo. Sin embargo, tenía que encontrar a ese chico ideal, a esa poderosa razón para quedarme aquí a estudiar, pues, de lo contrario, emigraría a los Estados Unidos.

Un buen día (recuerdo ese 23 de septiembre de mi primer año de carrera), se me ocurrió no entrar a las dos últimas clases, de 8 a 10 de la noche, ya que mi turno era el vespertino. Me asomé al patio trasero, pues se oía que había chavos jugando futbol. Me fui al barandal a checar el dato, ya que me encantaba ver cómo se agarraban la verga para acomodársela (no sé por qué razón). Me daba la impresión de que ese partido sería el más espectacular, lo presentía.

Al poco rato, llegó el chavo que supuestamente reunía todas las características para gustarme, pero no me bastaba ver su carita de ángel ni sus torneadas piernas. Yo quería que se quitara la playera para poder chacarlo todo, como lo hacía con los demás. Él se percató de que lo estaba observando con interés, porque yo no disimulaba para nada, y para mi asombro, cuando terminó el partido, él estaba completamente bañado en sudor y se quitó la playera para limpiarse. Al ver su lavadero me dije:

-Juan, te quedas a estudiar aquí. Ya tienes un buen motivo.

Su lavadero era tan perfecto, que me robó el alma. Y enloquecí. Les juro que toda esa noche no pude dormir, de sólo pensar en ese cuerazo. Recordaba la escena cuando se quitó la playera, y mi temperatura subía al 100%. Pero no
paró ahí la cosa, ya que yo me proponía hacerlo mío, pasara lo que pasara. Para esto, lo que les narro sucedió un jueves, día que ensayaban los del ballet, de 8 a 11 de la noche, y como no tuve clases de 9 a 10, me dio por ir a mirar a los que ensayaban, y cuál no sería mi sorpresa al ver que el dichoso Memo, como lo llamaban sus amigos, era integrante del ballet.

No lo pensé dos veces y decidí, en ese momento, entrar al grupo. El maestro se sorprendió por mi repentino cambio de idea y quedó desconcertado. Yo sospeché, y después confirmé, que él también era gay y que le gustaba Memo, pues estaba muy bien dado. Total, ese día me quedé a ver cómo era el calentamiento antes de empezar el ensayo. No perdía de vista a mi adorado Tarzán-Memo. Seguía todos sus movimientos y tuve la seguridad de que, si ya había puesto el ojo en él, ahora tendría que “poner la bala”.

Él se dio cuenta de que yo lo devoraba con la mirada y me dio la impresión de que le gustaba que yo lo observara. De vez en cuando, se levantaba la playera para presumir su rico lavadero y yo, en mi mente, le decía que lo deseaba con toda el alma.

Entre hora y hora, les daban media hora de descanso a los del ballet, y cuando eso sucedió, Memo se dirigió hacia mí.

-Hola. –Me dijo- Mi nombre es Guillermo, pero dime Memo.

Le di la mano y sentí cómo me trasmitía su calor, lleno de deseo y de pasión.

Por el momento, ya estaba derribada la primera barrera. Él me pidió que le fuera a comprar una botella de agua natural. Intentó darme el dinero, pero le dije que yo se la invitaba. Sonrió y me guiñó el ojo. El trayecto entre ir y venir se me hizo muy corto. Al regresar, me fascinó verlo bañado en sudor, atragantándose con el agua helada. Las gotas de ésta, que se
escurrían de su boca, corrían por su garganta, y yo deseaba, con toda el alma, lamer su manzana de Adán, que tenía muy resaltada. Después de un rato, el maestro los llamó para continuar y él me pidió que lo esperara hasta el final del ensayo.

Lo esperé, pues no me importaba que se me hiciera tarde. Pensé invitarlo a mi apartamento, pues vivo solo, y cuando terminó el ensayo, me dijo que me había portado buenísima onda. Me di cuenta de que a los muchachos del ballet les extrañó que él y yo nos fuéramos juntos, pues nunca nos habían visto. Él me preguntó que por dónde vivía y lo invité a mi casa. Aceptó y allá nos fuimos.

Una vez en el apartamento, me dijo que era chico, pero muy acogedor, que le transmitía un espíritu de relajamiento y frescura. La verdad, le encantó.

Yo lo veía y mi cuerpo ardía de pasión y deseo. Su verga se notaba muy abultada en su bragueta y formulé mi plan de conquista. Teniendo en mente mi malvado plan, le invité un café. El café estaba súper caliente. Me acerqué a él lo más que pude y comenzamos a platicar del ballet, sus ventajas y desventajas, pues él ya tenía un año formando parte de él.

El café seguía muy caliente y, de vez en cuando, yo metía el dedo en mi taza para ver si se había enfriado un poco. Una vez que lo sentí tibio, me levanté y simulé un accidente para tirarle un poco de café en la playera. Le ofrecí disculpas y le pedí que se la quitara, pues le prestaría una mía. Él se negó, pero lo convencí. Fue el momento que yo más esperaba. Lo tenía
semidesnudo frente a mí. Me desbordó tanto el deseo, que no aguanté más, y le dije que no fuera a molestarse por ello.

-¿Sabes qué, Memo? La verdad, me pasas un chingo y me gustaría besar tu torso y mamarte la verga.

-No la chingues. –Respondió-. ¿Qué es lo que te gusta de mí?

-Tu cuerpo y todo.

-Con razón no me quitabas la mirada de encima. Ya lo sospechaba. –Dijo entre risas.

-¿Qué sospechabas?

-Que te gusta la verga y que yo te paso. –Me dijo y se comenzó a frotar la entrepierna

Lo llevé a la recámara y se recostó boca arriba. Me abalancé sobre su pecho y me deslicé como lava caliente por su lavadero tan deseado por mí. Enloquecido, lo lamí, pasando la lengua por todo su duro pecho, hasta llegar a su lindo fierro, que me dio la bienvenida. No me di cuenta cómo logré bajarle el cierre, pero ya me encontraba frente a su imponente monstruo.

-¡Llégale! –Me dijo.

Bajé con mi boca su diminuto bikini negro y me tragué toda su verga, medio despierta. Me impresionaba darme cuenta de que su herramienta crecía cada vez más, dándomela impresión de que me ahogaría. De vez en cuando, besaba la
enorme cabeza y la pasaba, como si fuera bilet, sobre mis labios.

-¡Qué rico lo haces” –Gimió. –Eres un chingón mamando.

Logré despegarme de su verga para decirle que me enloquecía. No exagero, si les digo que medía por lo menos 20 centímetros. Era un verdadero monumento. Se la seguí mamando intensamente y él se retorcía de placer. Sus gemidos me
calentaban más, ya que para mí, escuchar cómo gime un hombre cuando hace el amor, es lo máximo.

Le pedí que me la metiera y aceptó. Me monté encima de él, dándole la espalda, y sentí cómo su fierro me entraba hasta lo más profundo. El dolor brillaba por su ausencia y reinaban el placer y el deseo. Yo siempre lo he dicho, que cuando te coge un hombre al que en verdad deseas, no duele. Y así fue. Me cogió como no tienen idea. Se columpiaba como una balanza
enloquecida. Él estaba a punto de expulsar su ardiente plomo y me pidió que abriera la boca y sacara la lengua lo más que pudiera. Deslizó la cabeza de su verga hacia mi boca y bastaron tres pelones para que se viniera, inundando mi garganta con su néctar ardiente. Me tragué hasta la última gota.

Cansado, se dejó caer sobre la cama, mientras yo seguía besando su rico lavadero. Se durmió como media hora. Yo lo observaba apasionadamente, pues quería grabar en mi mente las cálidas escenas vividas momentos antes. Cuando
despertó, me dijo varias veces que le había gustado mucho la forma en que se la mamé y el modo en que habíamos cogido.

Y comprobé que donde pongo el ojo, pongo la bala. ¿No creen?

 

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